Resulta ser éste el colectivo medio de transporte del que me he valido estas últimas semanas para atravesar diariamente el trayecto Montequinto-San Juan de Aznalfarache, que me lleva al trabajo desde mi lugar temporal de residencia (circunloquio lingüístico al que acudo para describir una actividad acomodaticia que en círculos antisistema recibe el más adecuado sobriquete de okupación). Convendrán mis lectores conmigo en que un metro no es solamente un metro en ningún lugar del mundo, y mucho menos en los países anglosajones donde bien pueden ser 39,37 pulgadas o bien 3,281 pies, dependiendo de los vicios de quien en tales términos se exprese...
Pero, ¿por dónde iba? Se desubica una en divagaciones por los cerros de la provincia de Jaén. Ah, sí, que el metro (underground, para los políglotas) es mucho más que una serie de vagones deslizándose por raíles en las profundidades de la tierra, bajo el bullicio de una ciudad que permanece ajena a su paso. El metro, si está bien diseñado, tiene su personalidad propia, su flamante colorido, como bien demuestran los planos de sus líneas en las grandes urbes mundiales: Tokio, Nueva York, Londres, o Villafranca del Bierzo, sin ir más lejos. Y el suburbano de Sevilla, para mayor gloria de los ingenieros que lo trazaron, los munícipes que lo subsidiaron, y la simpar y magdaleniense ministra fomentina que lo inauguró, no iba a ser menos.
Dicho lo cual, y para que todo el mundo pueda ilustrarse empíricamente sobre la peculiar idiosincrasia que adorna este servicio público sevillano, paso a relatar con tozuda minuciosidad una serie de circunstancias observadas distraídamente en el devenir de mis días siendo transportada en las entrañas de la oruga metálica. Se advierte al lector desprevenido que ningún evento aquí descrito ha sido producto de mi desbordada imaginación, del apego a sustancias psicotrópicas, ni de la relectura de las memorias de Santa Teresa de Ávila. Cualquier parecido con la literatura ugandesa de ciencia ficción es pura coincidencia.
- Se ha tardado más de 20 años en construir y tiene... ¡una sola línea! De la cual, por cierto, cuatro paradas todavía no funcionan. Por las otras tres no me he atrevido a preguntar, pues de buena tinta he sabido que la de Puerta de Jerez no ha podido ser usufructada de momento porque sufrió el colapso de un quiosco de prensa y golosinas varias, que se vino abajo tan de sopetón que a la quiosquera no le dio tiempo más que a salvar su vida sin poder poner el Hola! con las fotos de la operación de mentón (cazo, en castizo) de Letizia a buen recaudo.
- A pesar de la singularidad (literal) de su única línea, los viajes se ven continuamente interrumpidos por "regulación del tráfico". Extrañada ante esto, y observando con todo el detenimiento que mi sagaz e inquisitiva mente me permite a primera hora de la mañana y última de la tarde (o sea, con ninguno), creo haber descubierto el porqué: los conductores aún no se atreven a cruzarse los unos con los otros, y menos cuando el tren acomete una curvatura en su trazado.
- Las preclaras dotes interpretativas de la cotidianeidad metropolitana determinaron en su momento que no había necesidad alguna de instalar a lo largo y ancho de los vagones más asideros que las cuatro barras metálicas que flanquean cada puerta. Se ignora hasta el momento si fue un mero descuido o una procaz intención de que el pueblo sevillano encontrara bajo tierra la excusa para magrear al prójimo que le valdría más de un improperio a cielo abierto. A los hechos me remito: a falta de mejor agarradera yo misma he sufrido el contumaz acoso de varios jubilados, un estudiante eslovaco, tres marujas que éranse a un carro de la compra pegadas, una niña vestida de faralaes durante la Feria que, para más inri, me clavó la peineta en la pituitaria, un repartidor de butano, y una hermana de la Caridad que no la tuvo para conmigo y a quien observé gozosa por el rabillo del ojo mientras me clavaba el rosario en el esternón.
- ¿Quién dijo que los parques temáticos eran caros? No señor. Cuestan 1,55 euros ida y vuelta. Así es como se debe publicitar el Metro en los pueblos de toda la provincia, con gran algarabía de charangas y convincente megafonía sufragada por el cabildo municipal de turno. Si no, no se explica que nutridos grupos de personas con cara de no haber visto nunca una sucursal de La Caixa (es decir, con poca mundología), inunden continuamente los vagones y acompasen los movimientos de los mismos con exclamaciones bien de excitación bien de caguitis extrema, según discurra con suavidad o brusquedad el trenillo en cuestión.
- Por si fuera poco, numerosos son los sevillanos que hacen de su primer viaje en metro un acontecimiento familiar, trayéndose consigo a los niños, la suegra, la cámara digital para estampar la ocasión, y unos táperes con colines y jamoncito por si la espera se hiciera larga. ¿No me creen? Pues termino esta mi primera y breve incursión en la sociología del transporte urbano hispalense con la voz que se escucha con reiterativa cadencia por los altavoces de las distintas estaciones:
"Atención, para que todos los ciudadanos puedan hacer uso del servicio sin aglomeraciones, por favor, no realicen más trayectos que los imprescindibles"...
Así que ya lo saben, no me sean ustedes esnobs y déjense de viajes a Disneyland Paris: la diversión es más barata a orillas del Guadalquivir. Palabrita del niño Jesús del Gran Poder, y que si miento se le caigan los puntos del último lifting a la duquesa de Alba.
3 comentarios:
Por si te sirve de also, Patri, en Palma también hay.... espera que cuente.... ah, sí! UNA línea. No es que tardaran mucho en construirla pero al poco tiempo de inaugurarlo se inundaron varias estaciones (coincidió que hubo un ciclón, sí, sí, lees bien, un ciclón en una isla mediterranea. El resultado: el metro meses sin funcionar porque no había calderos suficientes, deduzco yo, pa sacar el agua. Sin comentarios... en todos lados cuecen habas, o preparan gazpacho, as you like it!
¡Voy pa Sevilla! De traca lo que cuentas... ¿pero es verdad? Conociéndote, no me fío de que exageres un poquitín.
Yo creo que la razón principal que les llevó a hacer el metro fue para ir a refrescarse la caló del verano, tal y como hicieron los moros con la mezquita de Córdoba pero con menos arte...
Una de Bollullos
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