17 de junio de 2009

Ave Fenix

Esa soy yo, de nuevo dispuesta a escribir unas líneas, resurgiendo tras larga ausencia de mis propias cenizas. ¿Que cómo lo he logrado? Uy, queridos, chupado: la climatología de Sevilla y mi termostato interno se han aliado para demostrar que la combustión espontánea de las personas humanas es posible. Qué digo posible, es instantánea a poco que a una -distraídamente- le dé por salir de casa entre las 11 de la mañana y las 9 de la noche. Basta con asomar la narizilla (o apéndice arábigo-romano, en mi singular caso) a la rue y pisar de puntillas el asfalto para recibir no ya un golpe de calor, ¡que va!, una hostia más grande que la catedral de Burgos.

Así las cosas, y tras los 37ºC sufridos el sábado pasado cuando el reloj marcaba las 22.45 horas, he decidido adoptar costumbres vampíricas para sobrevivir al verano hispalense. Sólo saldré de noche, como los búhos, los serenos, los murciélagos, los estudiantes Erasmus, las mujeres de vida licenciosa y los porfíricos... De día, a falta de ataúd donde dormir fresquita, me refugiaré bajo máquina de aire acondicionado eléctrica cuya factura no deba pagar yo, o bien haré uso de una manual, anteriormente conocida como abanico, elemento que por estos lares aún goza de reconocido prestigio como complemento fashion entre el mujerío (y algún mariposón del barrio de La Alameda).

En fin, vayamos a las novedades que he dejado de contar estas semanas. En primer lugar: habemus domi...cilio
propio. Pues sí, incrédulos amigos que pensábais que nunca jamás me independizaría, a los 35 añitos al fin me he ido de las múltiples casas ajenas que he bendecido con mi presencia en la última década y cuento ya con coto privado. Está en el pintoresquísimo barrio de Triana, del que luego hablaré, en una de esas casas patio tan típicas, y tiene un tamaño... ¿cómo expresarlo? Los celebérrimos mini-pisos de Ikea son como el Palacio de Dueñas a su lado. Yo lo llamo mi mini-loft trianero, que queda mucho más elegante dicho en un cóctail (si me invitasen a alguno), y a pesar de sus reducidas dimensiones se puede transformar en un acogedor entorno si vienen invitados. Adjunto fotos de mi residencia, para los cotillas. Así que ya sabéis, tomad nota:

Maripatri de Triana
Casa Patio La Espartería
Calle de Callao, 8 Acc.2
41010 Sevilla

Agradecería, hordas lectoras que tenéis ya una mano en la maleta sabiendo que, con el ahorro del alojamiento gratis, al fin podréis costearos ese curso soñado de "Aprenda
sevillanas por bulerías en nueve horas y media" (media cadera dislocada, se entiende)... Me complacería, repito, que me comuniquéis vuestras aviesas intenciones visitiles con antelación suficiente si queréis perpetrarlas en estío, pues si coinciden más de dos ó tres individuos bajo un solo techo en esta ciudad habéis de saber que comienza a escasear el oxígeno. En resumidas cuentas, que salvo intencionalidad suicida pareja a la vacacional, os privéis del gozo de mi compañía hasta que el calendario sea más benévolo con el reblandecimiento neuronal. No os sintáis ofendidos: no es falta de hospitalidad, es amor al prójimo lo que me hace claudicar de ser vuestra anfitriona.

Debo, no obstante, advertiros de las actividades cotidianas a las que se enfrenta una vecina recién asentada en el barrio con ganas de integrarse en el ambiente. Para ser una trianera (o trianero, en su defecto) con certificado de autenticidad es obligatorio, por imperativo de la ley folklórica del barrio:

- Sacar a pasear santos cada vez que estos tengan cara de querer tomar el aire. Esta circunstancia se da con pasmosa frecuencia en Triana, donde día sí día también se tropieza una con tallas religiosas entre el tráfico y el bohío peatonal.

- Hacerse devota de al menos una Vírgen y un Cristo. Diréis que Madre e Hijo de Dios solamente hay una y uno. Pues no os queda nada por aprender. En un barrio donde se empina el codo con tanta facilidad (la caló pide rebujito, seamos comprensivos con la sed ajena) es normal que la gente vea doble y hasta triple. De ahí que tengamos a la de la Esperanza, la de la Amargura, la de la O, la del Carmen y, mi favorita, la del Patrocinio (qué esponsoriza, y por cuánto monis, esta señora todavía no lo he averiguado). Y con los distintos Jesuses lo mismo, aunque el único nombre que recuerdo es el del Cristo de las Tres Caídas... familiarmente conocido como Chus el Torpe, al menos en mi casa.

- Salir a tirar la basura en zapatillas y bata (no de cola, sino de la mercería de enfrente, o mejor del Carrefour de rebajas) y quedarse parada con la vecina, que lleva rulos y redecilla, a charlar de lo divino y lo humano.

- Hablar cuatro o cinco decibelios más alto de lo necesario, volumen que se eleva aún más si las horas no son propias y tus vecinos trabajan en turno de mañana. Una vez conseguido el tono adecuado practicando gorgoritos al ritmo de lo penúltimo de El Fary, salir al patio de vecinos y pasarse la madrugada a la fresca despachando con Maricrú la der bajo, o Carmensita la der ático, los cotilleos del resto del vecindario. Triana es un barrio muy limpio: se lavan todos los trapos sucios en pública y vocinglerante manifestación.

- En el mes de mayo, asegurarte de que te den una semana libre en el trabajo, vestirte de romera, llenar una carreta de tal cantidad de alcohol que dejes a los del botellón a la altura de aficionados, unirte a alrededor de 6543 vagos y maleantes como tú que, con la excusa de ir a ver a una Blanca Paloma, se ponen ciegos de fino a las 7 de la mañana y despiertan al barrio entero para que los despidan desde los balcones... e irte a tragar "er porvo der camino" hasta llegar a una pequeña e irreductible aldea de Huelva donde, al parecer, uno no se postra ante el altar, sino que lo asalta cual si de un banco del farwest se tratase.

Por todo ello digo yo, emulando al pequeño gran Asterix: ¡están locos estos sevillanos! Creo que van a tardar en darme el carné de trianera, a menos que me acueste con el director de la Oficina de Expedición (como tarea para esta semana averiguaré si se trata, oh dioses sed bondadosos y que así sea, de Álvaro Muñoz Escasi). En fin, como no me queda nada de aquí a que los jefes decidan que luzco más en la sede de Londres que en la de la orilla del Guadalquivir... seguiré disfrutando de mis investigaciones antropo-sociológicas. Sevilla, ya lo decía la canción, tiene un color especial.