6 de enero de 2011

Reyes... ¿Magos?

A esos señores de Oriente les voy a escribir una carta de reclamación que se van a agarrar el refajo hasta que les dé un ataque de artrosis propio de su milenaria edad. Este año, por aquello de la crisis, he sido modesta en mis peticiones y lo único que me esmeré en escribir con perfecta caligrafía fue: "Queridos Reyes Magos: este año he sido buenísima, así que me merezco estar ídem. Hagan el favor de ponerme en la zapatilla que compré en los chinos  y se me agujereó el primer día la altura de Elle McPherson, la cintura de Shakira, las tetas (versión post-beso mundial con Casillas) de la Carbonero, los morritos de Angelina Jolie y el fondo de armario de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York". ¿Y qué creen ustedes que me encuentro esta mañana? Rien de rien, niente, ná de ná de lo que pedí. Y lo que es peor, ¡un post-it  de sus mismísimas Majestades agradeciéndome la sesión de risoterapia gratuita! Anda y que les ondulen con la permané. Molaba más cuando una creía que los reyes eran los padres, al menos te dejaban una docena de bragas de algodón y un tebeo de los Zipi y Zape...
Claro que esto me ocurre por afrontar la fiesta con mal pie, diría incluso con malos "pieses", los que me llevaron a contemplar la Cabalgata oficial sevillana, en lugar de quedarme en casita viendo por TeleCuenca la de Poveda de la Obispalia (existe, sí, como Teruel, así que no abandonen ustedes mi relato para comprobarlo en el atlas de cuando hicieron la Primera Comunión). Mejor destino me hubiera deparado el quedarme quietecita en el sofá.
Les contaré que Sevilla tiene una tradición especial, amén del color, y aquí no salen de señores magos en la procesión unos cualquiera... faltaría más, en tierra de señoritos. En cualquier capital de provincia que se precie, el rey Gaspar no pasa de ser el primo segundo del chófer del alcalde, que fue hippie en la transición y no hay que pagarle la barba postiza. Pues aquí no, aquí hay tiros entre la bonhomía hispalense para echarse encima un manto de armiño más falso que un Fendi del rastro y desfilar entre la multitud. Este año le tocó lucir modelito tal a uno de los vástagos de mi querida Duquesa de Alba, al mismísimo Cayetano, a quien no se le ocurrió mejor cosa que elegir como paje a su ex-cuñado, ese señor tan amante de los cuernos (dentro y fuera de la plaza), llamado Fran Rivera. Se pueden imaginar los cuatro gatos que me leen el arrebato que semejante cortejo causó entre las féminas sevillanas y las muchas guiris que estamos de paso por acá. Habíame pasado yo invocando a Herodes la primera media hora de espera, rodeaba como estaba de infantes hiperglucémicos, en un asonante coro de agudos digno de protocolaria matanza de gatos en el callejón trasero de un restaurante chino. Mas hete aquí que todos ellos se me antojaron súbitamente una manifestación de angelitos en comparación con lo que hube de sufrir cuando la carroza que portaba al rey Gaspar y su cohorte de acompañantes dobló la esquina de O'Donnell para enfilar hacia la plaza del Duque: cegada quedé por miles de flashes, ensordecida por el atronador clamor de las hormonas disparadas, pisoteada por todo tipo de tacones, magullada a codazos y empellones varios y, en fin, anonadada por el éxtasis colectivo desencadenado por la aparición de este par de pimpollos casaderos que, como dirían en mi pueblo, ¡nunca la vieron más gorda!
Huelga decir que la que suscribe jugó la baza de la indiferencia, aunque solo fuese por coquetear con la idea de tener por suegra a la novia del funcionario Díez o a la difunta y "desahogá" Carmina. Al parecer funcionó, pues Su Graciosa (y poco certera en el tiro) Majestad dióse en arrojar a mi desdeñosa faz un buen puñado de caramelos, acertando de pleno con uno de sabor a piña colada en mi región ocular izquierda. De resultas de tan impetuosa declaración de amorosas intenciones luzco hoy una virulé muy à la mode, que habré de adornar con parche pirata en jornadas venideras por ahorrarle al conde de Salvatierra mala prensa. Aunque, ¿quién sabe?, siempre me quedará la tentación de sucumbir a ser estrella invitada de Jorge Javier y sus cotilleantes compinches, por ver si saco algún rédito de la diana que hizo el interfecto en mi ojuelo.
Para el año que viene me apunto a viajar a Laponia a ver a ese otro señor barrigón y barbudo,  disfrazado de anuncio de Coca-Cola, a ver si no está tan afectado de demencia senil y me hace más caso que estos otros tres de por Abu Dhabi o aledaños. Que una lleva todavía a la niña que fue muy dentro (y muy fuera, según convenga) y no se resigna a dejar de creer en la magia... y para probarlo me voy a zampar ahora mismo para desayunar medio roscón de reyes y no engordaré ni un gramo.
¡Feliz Año a todos! Ah, y guarden ustedes las ingentes cantidades de carbón que sin duda recibirán hoy, que les va a hacer falta para calentarse, visto como se las gastan -y nos las hacen gastar- Endesa y afines.