8 de septiembre de 2012

Las vicisitudes viajeras de una madre

Que es la mía, por aquello de que no hay más que una (aunque yo la comparto gustosa fifty-fitfy con mi hermana), y a quien nunca debimos animar a sacarse la foto para el pasaporte. ¿Es necesario explicar las razones? Porque las madres de nuestra generación son a su vez hijas de la postguerra, y si invierten en algo... créanme: lo amortizan hasta ajarlo.

Reflexionaba yo esta mañana acerca de la sobrevenida pobreza que nos han echado encima la Merkel, el Mariano, el señor Draghi y demás cabezas amuebladas en Ikea que rigen nuestros des(a)tinos económicos. Y en mitad de mi vagar meditabundo caí de bruces en la cuenta de que hacía justo un año me hallaba volando despreocupadamente rumbo a los Niuyores (en lugar de sopesar si cenaría pipas de girasol o de calabaza, por aquello de que no me sobre mes a fin de sueldo). En fin, que decidí que la cruel coyuntura podrá evitar que siga viviendo cual aprendiz de Carmen Lomana, pero jamás pondrá coto a mi imaginación ni corsés a mis recuerdos. Vámonos todos a Nueva York de la mano de Dorita, que convirtió mi taitanta visita a la gran metrópolis en la más divertida e inolvidable de todas ellas... thanks, mum!

Cruzar el charco así a pelo, en un vuelo de Iberia y sin analgesia, no lo hace una madre cualquiera. La mía en particular, no. Así que, previsora donde las hubiere, le sacó a su médico de cabecera varias recetas de ansiolíticos y somníferos "por si acaso" (que es lo que decía siempre mi admirada Carmina Ordoñez, entiéndanme). Todo porque se ha empeñado en que tiene miedo a volar: no la crean, ese miedo no existe, a lo único que tiene pánico es a quedarse en tierra. Pero en fin, a ver quién lleva la contraria a una Zapico... no seré yo. Subidita en el avión, y a escondidas de sus supervisoras hijas, se echó al goleto (sospechamos que trasegado con algo de alcohol) un cóctel de lo que creyó más conveniente para evitar un hipotético vahído o éxtasis nervioso, y cayó en letárgico estado durante unas 10.000 millas marinas. Despertose en los aledaños del continente americano y, tras observar el panorama largo rato por la ventanilla, soltó una magnífica perla a viva voz (fuera a ser que el pasaje no se enterase): "el avión hace rato que no se mueve". Llega un momento en la vida en que, imperceptible pero contumazmente, la realidad se revierte y las hijas se convierten en la madre... ¡¡y la madre en las hijas en pleno revival de la adolescencia!!

- Mamá, cállate, por favor... y duerme la mona.
- Que os digo que este avión no se mueve. Que llevo viendo un lago desde hace tiempo.
- ¿Lago? ¿Te referirás acaso al océano Atlántico?
- El avión está colgado en el aire. Tampoco se mueven las nubes.
- Mamá, chitón, por dios. Si el avión no se mueve, ya caeremos en algún momento. A dormir.

Por fortuna, se durmió. El resto del viaje, y gran parte de las 36 horas subsiguientes, convirtiendo su primer día en la Gran Manzana en un tratar de reponerse del Gran Colocón. Ay, lo que hemos de sufrir las hijas... más que Gracita Morales con el señorito. Eso sí, bien que nos compensó el resto de la semana con su peculiar visión sobre Manhattan, que le pegó un revolcón a nuestro cerebro viajero, que creíamos tan curtido y resulta que no nos hemos parado a pensar nunca en los detalles importantes. Porque, gentes viajadas que me leen, y aquellas azuzadas por la mera curiosidad, ¿han encontrado alguna vez en las guías sesudas del Trotamundos o el Lonely Planet tan significativos datos?:

- ¿Qué pasa con los farolillos de papel que adornan Little Italy cuando llueve?
- ¿Dónde esta One Way, que lo señalan en muchas calles?
- ¿Por dónde y cuándo sacude la gente el polvo en los rascacielos?

Estoy en duras negociaciones con El País Aguilar para que dejen que mamá escriba la próxima guía que se publique sobre Nueva York. Será el éxito editorial de la temporada y les saldrá baratito: solamente han de subvencionar otro viaje de mi progenitora a tales lares, para que vea todo aquello que se perdió en la primera visita. ¿Saben por qué? Porque se le olvidó mirar para arriba. Como leen, sí, sí... un despiste lo tiene cualquiera. Y además, ahora ya domina el plano de la ciudad, que se lo ha estudiado al volver como el catecismo en su época. Y sabe decir Madison Aveniú, así, como suena. Ella es mundial y se pone al mundo por montera, si es necesario, que por algo subió solita al Empire State, como King Kong (pero en ascensor y pagando).

En fin, barrunto que el próximo viaje que realicemos será un viaje astral. Que cunda el optimismo aunque el país viaje a ninguna parte. Y, por cierto y por postdata, si no vuelven a saber de mí busquen mis huesos en el sótano de la casa de mi madre (primer indicio) y contrasten su testamento, de donde habré desaparecido hasta en la legítima (segundo indicio). 

27 de julio de 2012

¿Hay barcas pa fugarse?

Manifiesto para incentivar el exilio masivo (o la salida por patas en tropel):

27-J, segunda gran movilización ciudadana convocada para esta tarde. Oídos sordos y ojos ciegos a la primera. Y Rajoy, vestido con el chándal olímpico español en la Moncloa, haciendo bici estática mientras ve la comparecencia de Rato y anota en una libretita de Hello Kitty: "abujero de Bankia = cambios en los criterios contables"... La palabra que acabo de buscar en el diccionario es hartazgo.
¿Y qué hace un mindundi con dos o tres dedos de frente (más IVA al 21%) cuando está hasta los pelos del cogote? Mentar a Lola Flores: si me queréis, irse. Y como a este país, de momento y hasta que nos escuerne o encuerne con el BCE, lo queremos... Pues eso, que nos vayamos todos mientras estemos a tiempo, ¿no? Que vivimos en un país cuyos horizontes no son aquellos elásticos que definió el gran Lauren Postigo, sino que nos los encogen día a día los politicastros. España es ya como un jersey de pura lana que metes en la lavadora sin preguntar antes a tu madre: un gurruño deforme. Yo no es por ser pesimista, pero mañana mismo pido por internet a CEAC un curso de remo a distancia y por fascículos ilustrados, para estar preparada el día que toque coger la barca pa seguir.
Lo que no sé yo es a dónde irme. España se me queda piojosa y paupérrima, a la par que el mundo se me antoja elefántico a la hora de hacer una elección. En Europa del sur parece que campa a sus anchas y desatada la prima del señor Riesgo, mujerzuela con tendencia a empericotarse por los altos y suicidar con ayuda de un empujón del bono alemán las economías más debilitadas (pa mí, que la mía entre las posibles víctimas). Extorsionista en subcontrata de la Cosa Nostra en Nápoles o abrillantadora de cascotes en la Acrópolis, va a ser que no.
Esa señora teutona, además de alemana, que siempre lleva el mismo traje de chaqueta en los colores más imposibles del espectro tinturo-textil, ha recuperado el eslogan aquel del Ven p'Alemania, Pepe y lo regurgita de cuando en vez en su versión sigloveintiunera: Pepe, quédate en Benalmádena a servir sardinas en el chiringuito... ah, y dile a Borjamari el del máster en Telecomunicaciones con un 9.5 de media en Ingeniería Industrial que no se olvide de meter también en la maleta la doble titulación en Inglés y Chino de la Alta Manchuria y que se pase por Berlín o aledaños, que igual hay algo pa él. Leyendo entre líneas igual me hago la tonta, me doy por aludida e iría, que soy fan de las salchichas de Baviera. Me asentaría allí, cobraría un sueldo astronómico en bruto que se quedaría en la mitad en neto porque hay que pagar la inoperancia, la vagancia y la maleancia de los mediterráneos y, qué coño, antes de que me diese cuenta me pasearía en agosto por Mallorca como si fuera o fuese de mi propiedad. Bah, inconformista que es una, y muy poco calvinista... va a ser que no.
El norte nortoso de la desubicada Europa se perfila como candidato. Paraíso de los Estados de tan bien estar que uno ni se entera que hay 9 meses en el frigor del invierno, 2 de arreciante otoño y con suerte uno de primavera templaica. Me tienta poco meterme a estas alturas a súbdita de Mette-Mary, pa qué nos vamos a engañar. Cajera bilíngüe de Ikea en Estocolmo, va a ser que no.
¿Qué nos queda, pues? El exilio transoceánico, tú. Así, a lo bestia y a lo decimonónimo. No cundamos en el pánico: lo único distinto es que no habrá que volar con RyanAir y podremos irnos de casa cual si viviéramos en una fotografía en sepia, con baúl y todo. África, América, Asia, Oceanía... descartemos los polos, que se están derritiendo y ya sería coger complejo de gafe tratar de asentarse allá. Canguro en Melbourne, dependienta de un todo a Yen a orillas del río Huang He (pa vosotros, el amarillo... chincha, sé chino), granjera en África cual Karen Blixen a la espera de que aterrice el Redford (igual me vuelvo del color de los nativos de tanto esperar), pastora de ovejas trasquiladas en Nueva Zelanda, meditadora full-time en templo budista... las opciones son tan infinitas como los años de Sara Montiel, pero va a ser que no.
Lo que hay que proponerse es revivir el mito, reescribir la historia, que total ya nos garabatea bastante ella a nosotros: HAY QUE HACER LAS AMÉRICAS. Yo, visto lo visto, me meto a emigrante irlandesa asolada por la potato famine y cruzaré el charco. ¿Hacia dónde? Me es tan ignífugo como inverosímil, siempre y cuando ponga millones de metros cúbicos de agua salada entre mi persona y el careto de los miembros y miembras de nuestro (des)Gobierno. Seguiremos informando.
Entretanto, me entretendré tuiteando desatinos y convocando manifestaciones por Facebook. Que nunca se sabe, que por estas cosas dicen que se va una a prisión con pensión completa y catre limpio. Un chollo, oiga. De momento, me voy al Decathlon a por una tienda iglú con garantía de descongelación: el 25-S nos vemos a las puertas del Congreso. No me fallen, lectores. La foto de ese día no la colgaremos solamente en las redes sociales, saldrá en los libros de historia de las generaciones venideras.

Y si todo falla, ya sabemos los leídos dónde está la tierra prometida: todos pa un kibutz y a nadar en el Jordan. Que, dicho sea de paso, no nos vendría mal lo de reinventarnos/rebautizarnos.


Salud... y ya veremos qué clase de Estado.
 

17 de febrero de 2012

Un año de ausencia

Mmmmm... que digo yo... que esto debe de ser lo que se viene llamando un lapsus. De los pequeñitos, de 365 días de . No siendo de naturaleza hipocondríaca, no me da por pensar que pueda haber sido una crisis de creatividad (Tolstoi, Ana Rosa Quintana y yo estamos libres de tal apoplejía). Conclusión científico-pagana: me consumo y regodeo en la indolencia, la haraganería, la desidia, la displicencia y la gandulería más recalcitrantes. Y, caramba, ¡qué bien le sientan todos esos sinónimos al cuerpo de una! Pero, en fin, como tengo vocación de servicio público (que no se quiere decir de letrina en plaza de pueblo, si no de realizar mis buenas obras del mes, como me enseñaron Zipi y Zape), y andarán mis lectores ávidos de conocer los derroteros de mi existencia... ejem, ejem... heme aquí de nuevo, dispuestísima a hacerles perder 5 minutos de su preciado tiempo (si puede ser, del laboral, que cunden más).
Desde la última vez que asomé mi linda y elongada pituitaria por estos blogges, me ha dado por mudarme ni más ni menos que dos veces de residencia. Hay gente que, ante el atisbo de una crisis existencial, apatía generalizada, o por mero aburrimiento, cambia de pared los cuadros de la casa o le encarga a la suegra unas cortinas nuevas para el salón. Yo no: yo bajo a los cubos de reciclaje de cartón y merodeo las boutiques de ropa al anochecer, me hago con tantas cajas de tantos tamaños como sea posible, incrusto a lo Mary Poppins en ellas todas mis pertenecias, y abandono nidos con más facilidad que un estornín en pleno invierno. 
Así, en el primero de estos procesos migratorios, di en descansar mi vuelo en un edificio modernista de la calle Alfonso XII (aquel que todo el día le preguntaban que a dónde iba, al triste de él). Huía yo de mi vecina la coja que me despertaba con su bastón los días impares, y del gitano cantarín de Sierpes que me despertaba los pares y las fiestas de guardar. Ah, azaroso e irónico destino, qué jotumadre eres. De bruces dí con varias viejas de aspecto cándido el día que se presentan y de psicopático comportamiento de ahí en adelante. Por un lado, la Vieja Pastora, presidenta de la comunidad a perpetuidad y reina de la ociosidad y el cotilleo de los patios interiores. Llegué a iluminarme no más que con la pantalla del móvil por las noches, pues si intuía la espía gerontológica que me hallaba domiciliada...¡pimba!... timbrazo y queja peregrina al canto. Y por el otro, ventana con ventana con mi claramente-no-acústicamente-aislado dormitorio, la Vieja Sin Nombre, pero cuyo perro de inverosímil genética se llamaba Pepe y era todo oídos para ella. Al menos, eso inferí del hecho de aguantar, con soterradas imprecaciones a los difuntos de la señora por mi parte, noche tras noche un chorreo incesante de monólogos con tal ser canino que dejaban a la Esteban a la altura de monja cartuja al lado de la verborréica señora.
No es de extrañar que el proceso mudanzil lo retomase a los pocos meses de pulular por semejante hábitat. Lo que más pena me dio fue despedirme del chino de la esquina (del establecimiento, no del dueño), que me sacó de tantos apuros alimenticios aquellos meses. Y es que ahora que no vivo ya en la gran ciudad, el desavío adonde ir a por la Nutella si no tienes para desayunar no es de allende la Gran Muralla, sino oriundo de Santiponce. ¡Aquí he dado en reposar mis nómadas alas! Se admiten apuestas de por cuánto tiempo, seguro que alguien se forra. ¿Por qué Santiponce? Bueno, una Patricia como yo debía volver a sus orígenes más ancestrales y resúltase que si tiro una piedra desde mi ventana alcanzo el anfiteatro de Itálica. No es que dicha actividad me provea de placer alguno, pero es un decir para situar a mis lectores. Además, ante la atenazante crisis económica que nos ahoga los futuros imperfectos, me dije yo para contra mí que no iba a ser menos que mis ídolas Anita Obregón y Carmen Lomana, que de perdidos al río (Guadalquivir, a ser posible), y que había que darles a la Merkel y al Sarkozy particulares razones para pensar que los españoles vivimos por encima de nuestras posibilidades. Ergo: chalet, jardín, piscina, terraza... Y no me compro un 4x4 porque se me olvidó multiplicar. Quedan ustedes todos invitados, por cierto, a dejarse caer por acá, y serán debidamente convidados a un cocktail by the pool, que una ahora es suburbana, pero chic.
Debería continuar tecleando en aquestas páginas y relatando mis devenires turísticos por el ancho mapa mundial, que me llevaron a experimentar la Gran Manzana con la madre de la que suscribe (punto de vista irrepetible digno de Callejeros Viajeros) y culminaron con mística experiencia en ese país que ha legado a la humanidad el curry, Bollywood, y la ropa pa los hippies de diseño. Pero merece capítulo aparte y, además, no quiero que nadie se canse con mi regreso... pues amenazo con quedarme.
¡Feliz Carnaval! Quitémonos todos las máscaras, a disfrutar, y el que pueda que se compre un billete de autobús, aunque sea urbano, a Cádiz (y se vea en el trayecto las buenas chirigotas y comparsas de este año del Falla).