Ahora sí que sí, de verdad de la buena, os lo prometo por el Cristo de los cuarenta clavos (34 de ellos oxidaos sin remedio): ya soy una auténtica sevillana. No, no me he comprado y ponío la bata de cola. No, tampoco paseo por la calle Sierpes del brazo de un torero. Y no, no duermo la siesta de cuatro a seis esté donde esté, preferiblemente en el trabajo.
Explicaré mi sevillización definitiva con una breve y castiza frase a la usanza pasiva anglosajona, que le da más ímpetu: "he sido birlada". No yo misma, sino que me han robado la bicicleta, único medio de locomoción con aire acondicionado que tenía en esta ciudad donde la sombra marca 40 grados y el sol... ¿cómo os lo cuento?: los huevos con beicon del desayuno, directos de la acera al plato podrían ir. Los hechos han ocurrido esta tarde a la puertecita misma de la oficina, en la calle privada y requetevallada que nos protege del mundanal ruido de la Cartuja y de los amigos de lo ajeno (o eso pensaba yo, inocente de mí).
Mira que me habían dicho que en esta ciudad te roban hasta los pensamientos impuros como los dejes descuidadamente vagar sin candado. Foráneos y nativos me lo han repetido hasta la saciedad: "que no seas cándida, que aquí to se roba y to se vende, quilla". Pues nada, yo empeñada en demostrarles su equívoco y su mal pensar, que seguro que les oscurecía el aura... ¡de colorines la tengo yo hoy! La madre que parió al que dijo que to er mundo eh güeno. ¡Una mierda pinchá en un palo!: mañana mismo me saco la licencia de armas y me voy a pasear por la Avenida de Kansas City, una calle muy a propósito para ir aclimatándose a llevar cartucheras, caminar con las piernas abiertas como si te escociera algo por los adentros, escupir tabaco de mascar (espero que valgan unas hierbas de melisa o valeriana como sustituto moderno y femenino), y disparar la Colt 45 al primero que vea con dedos ligeros acariciar con ánimo delictivo lo que no le es propio. Ea, está decidido. Que tiemble John Wayne (yon baine, pa que se entere mi madre y algunos otros de su generación).
Como de todas las experiencias hay que sacar algo divertido (cree firmemente la que perpetra este blog), ha sido todo un sainete el ir a poner la denuncia a Comisaría. Vivimos en un país modernísimo, tanto que hay un 902 para poner denuncias por teléfono. O sea, que primero me roba un gitano la bici y luego Telefónica varios euros por minuto. Muy amablemente me atiende un "telefonisto" del género masculino y, por ende, del género bobo que me pregunta, entre otros detalles sobre el objeto de mi denuncia, que cuántas ruedas tiene... En fin, corramos un estúpido velo sobre las luces del cuerpo nacional (en general). Inquerida sobre en qué comisaría de Sevilla deseo formalizar y ratificar la denuncia, no lo dudo ni un instante y contesto: "En la de Triana, mi arma, que además es la del barrio".
Los policías de mi vecindario son mu apañaos y tienen un chiringuito de uralita y pladur (doy fe, no es licencia poética) montado en plena calle Betis, a orillas del Guadalquivir y de todos los saraos que por allí trascurren a lo largo del año. He llegado yo a las 6:30 de la tarde y les he sacado del letargo propio de... bueno, de su condición natural. Reproduzco casi fielmente el diálogo por no tener desperdicio alguno. Si algún productor de la serie "Los Hombres de Paco" me lee y plagia que sepa que ahora ya estoy versada en el arte de denunciar, ojito.
POLICÍA (de ahora en adelante POL)- Buenah tardeh, zeñorita.
Patricia (de ahora en adelante YO)- Muy buenas tardes, venía a ratificar una denuncia interpuesta por teléfono hace media hora por la sustracción de una bicicleta. [A fina no me gana nadie, y además me he visto todos los capítulos de Ally McBeal, como habréis comprobado]
POL- ¿Una denunsia? ¿Aquí? [Dicho esto como si el tipo en cuestión trabajase en una frutería]
YO- Pues sí. Me ha dicho un compañero suyo por teléfono que viniese aquí antes de las 22.00 horas.
POL- [reclinándose en la silla y asomando la cabeza por una puerta tras de sí] Peeeeepeee, ¿s'ha llegao arguna denunsia? [Pepe debió responder en afirmativo] Paze, paze a la zegunda puerta qu'allí l'atiende mi compañero.
YO- [tras cruzar la puerta y toparme con un atractivo y uniformado mozo en sus escasos treinta que me recibió con una sonrisa y un "siéntese, que ahora le tomo declaración"] "Por dios, declaración", pensaba yo, "apenas me conoce y ya habla de declarase"...
Repetí al gallardo subinspector Ramírez los hechos tal y como los recordaba, y éste realizó una serie de preguntas y comprobaciones sumamente inteligentes, perspicaces, agudas y esclarecedoras. "Guapo y con neurona y media, qué lujazo", caía yo en el ensoñamiento activo mientras él tecleaba en el ordenador. Ya me imaginaba saliendo de la catedral vestida de blanco bajo un pasillo de sables (o porras policiales, tanto me daba) con tal dechado de virtudes detectivescas. Hasta que se me ocurrió preguntarle lo siguiente:
YO- ¿Cuándo creen que encontrarán mi bicicleta?
POL- Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Yo que usted iba ahorrando para otra. A ver, si alguno de mis compañeros pasa por er Charco la Pava y ve a algún gitano vendiendo una bisi con esta descripción, podría haber suerte. Pero tenemos musho que hasé y aquí desaparesen mushas bisis, ¿sabe o no?
YO- [nunca me he dado fácilmente por vencida, en particular cuando se trata de abochornarme a mí misma en las más ridículas situaciones] Pero, yo tengo aquí el candado de la bici, que lo han cortado para robarla. Aquí tiene. Saquen las huellas que haya dejado el ladrón, localícenlo pronto en su base de datos y devuélvanme la bicicleta, ¿no?
POL- [con una cara de choteo que estoy segura que este picor de orejas que ahora tengo es porque está de cañitas con los compañeros hablando todavia de la ilusa asturiana] ¿Base de datos? Pero, oiga, ¿usté se cré que esto eh er CSI ese o qué? Ande, ande, firme aquí y ya veremos si hay suerte y localisamo ar gitano antes de que la venda por piesas...
YO- [indecisa entre soltar un barbarismo o halagar su hombría, opté por esto último, a ver si colaba mi caso por encima de algún atraco a una mercería o redada en un puticlub] Bueno, inspector, yo confío en que usted lo encuentre y yo recupere mi bicicleta. ¿Me llamará si esto ocurre o me paso yo por aquí dentro de unos días?
En esta instancia debí de batir mucho las pestañas y mirarle con cara de haberme topado con Supermán, pues condescendió guiñándome un ojo:
POL- La llamaré, claro está, aunque puede venir a verme cuando quiera.
Vamos, que ni bicicleta, ni novio policía, ni ostias en vinagreta. Al menos se ha quedado con mi número de móvil: una aprende con los años que nunca se sabe dónde aparecerá el príncipe de los cuentos... y éste ya es azul, al menos por fuera.
Así termina mi mes de julio, condenada a desplazarme a patita de nuevo los 4 kilómetros hasta la oficina. Mi cuerpo serrano lo agradecerá pero, ¿quién me paga a mí los daños y perjuicios psicológicos por no poder ir tarareando la canción de "Verano Azul" al trabajo? Que una no llega del mismo humor si se arrastra a la oficina caminando, caramba. Que va a bajar mi productividad y así quizás pueda alcanzar a otros curritos locales, más curtidos en el savoir faire laboral andaluz...
En fin, y yo que me creía que lo primero que me robarían en Sevilla sería el corazón un zeñorito andalú que me llevase como una reina a la Feria en coche de caballos... ¡ay, qué desaborío el destino! Me ha tenido que robar un gitano la bicicleta. ¡Qué malahe, dios mío, qué malahe!
Explicaré mi sevillización definitiva con una breve y castiza frase a la usanza pasiva anglosajona, que le da más ímpetu: "he sido birlada". No yo misma, sino que me han robado la bicicleta, único medio de locomoción con aire acondicionado que tenía en esta ciudad donde la sombra marca 40 grados y el sol... ¿cómo os lo cuento?: los huevos con beicon del desayuno, directos de la acera al plato podrían ir. Los hechos han ocurrido esta tarde a la puertecita misma de la oficina, en la calle privada y requetevallada que nos protege del mundanal ruido de la Cartuja y de los amigos de lo ajeno (o eso pensaba yo, inocente de mí).
Mira que me habían dicho que en esta ciudad te roban hasta los pensamientos impuros como los dejes descuidadamente vagar sin candado. Foráneos y nativos me lo han repetido hasta la saciedad: "que no seas cándida, que aquí to se roba y to se vende, quilla". Pues nada, yo empeñada en demostrarles su equívoco y su mal pensar, que seguro que les oscurecía el aura... ¡de colorines la tengo yo hoy! La madre que parió al que dijo que to er mundo eh güeno. ¡Una mierda pinchá en un palo!: mañana mismo me saco la licencia de armas y me voy a pasear por la Avenida de Kansas City, una calle muy a propósito para ir aclimatándose a llevar cartucheras, caminar con las piernas abiertas como si te escociera algo por los adentros, escupir tabaco de mascar (espero que valgan unas hierbas de melisa o valeriana como sustituto moderno y femenino), y disparar la Colt 45 al primero que vea con dedos ligeros acariciar con ánimo delictivo lo que no le es propio. Ea, está decidido. Que tiemble John Wayne (yon baine, pa que se entere mi madre y algunos otros de su generación).
Como de todas las experiencias hay que sacar algo divertido (cree firmemente la que perpetra este blog), ha sido todo un sainete el ir a poner la denuncia a Comisaría. Vivimos en un país modernísimo, tanto que hay un 902 para poner denuncias por teléfono. O sea, que primero me roba un gitano la bici y luego Telefónica varios euros por minuto. Muy amablemente me atiende un "telefonisto" del género masculino y, por ende, del género bobo que me pregunta, entre otros detalles sobre el objeto de mi denuncia, que cuántas ruedas tiene... En fin, corramos un estúpido velo sobre las luces del cuerpo nacional (en general). Inquerida sobre en qué comisaría de Sevilla deseo formalizar y ratificar la denuncia, no lo dudo ni un instante y contesto: "En la de Triana, mi arma, que además es la del barrio".
Los policías de mi vecindario son mu apañaos y tienen un chiringuito de uralita y pladur (doy fe, no es licencia poética) montado en plena calle Betis, a orillas del Guadalquivir y de todos los saraos que por allí trascurren a lo largo del año. He llegado yo a las 6:30 de la tarde y les he sacado del letargo propio de... bueno, de su condición natural. Reproduzco casi fielmente el diálogo por no tener desperdicio alguno. Si algún productor de la serie "Los Hombres de Paco" me lee y plagia que sepa que ahora ya estoy versada en el arte de denunciar, ojito.
POLICÍA (de ahora en adelante POL)- Buenah tardeh, zeñorita.
Patricia (de ahora en adelante YO)- Muy buenas tardes, venía a ratificar una denuncia interpuesta por teléfono hace media hora por la sustracción de una bicicleta. [A fina no me gana nadie, y además me he visto todos los capítulos de Ally McBeal, como habréis comprobado]
POL- ¿Una denunsia? ¿Aquí? [Dicho esto como si el tipo en cuestión trabajase en una frutería]
YO- Pues sí. Me ha dicho un compañero suyo por teléfono que viniese aquí antes de las 22.00 horas.
POL- [reclinándose en la silla y asomando la cabeza por una puerta tras de sí] Peeeeepeee, ¿s'ha llegao arguna denunsia? [Pepe debió responder en afirmativo] Paze, paze a la zegunda puerta qu'allí l'atiende mi compañero.
YO- [tras cruzar la puerta y toparme con un atractivo y uniformado mozo en sus escasos treinta que me recibió con una sonrisa y un "siéntese, que ahora le tomo declaración"] "Por dios, declaración", pensaba yo, "apenas me conoce y ya habla de declarase"...
Repetí al gallardo subinspector Ramírez los hechos tal y como los recordaba, y éste realizó una serie de preguntas y comprobaciones sumamente inteligentes, perspicaces, agudas y esclarecedoras. "Guapo y con neurona y media, qué lujazo", caía yo en el ensoñamiento activo mientras él tecleaba en el ordenador. Ya me imaginaba saliendo de la catedral vestida de blanco bajo un pasillo de sables (o porras policiales, tanto me daba) con tal dechado de virtudes detectivescas. Hasta que se me ocurrió preguntarle lo siguiente:
YO- ¿Cuándo creen que encontrarán mi bicicleta?
POL- Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Yo que usted iba ahorrando para otra. A ver, si alguno de mis compañeros pasa por er Charco la Pava y ve a algún gitano vendiendo una bisi con esta descripción, podría haber suerte. Pero tenemos musho que hasé y aquí desaparesen mushas bisis, ¿sabe o no?
YO- [nunca me he dado fácilmente por vencida, en particular cuando se trata de abochornarme a mí misma en las más ridículas situaciones] Pero, yo tengo aquí el candado de la bici, que lo han cortado para robarla. Aquí tiene. Saquen las huellas que haya dejado el ladrón, localícenlo pronto en su base de datos y devuélvanme la bicicleta, ¿no?
POL- [con una cara de choteo que estoy segura que este picor de orejas que ahora tengo es porque está de cañitas con los compañeros hablando todavia de la ilusa asturiana] ¿Base de datos? Pero, oiga, ¿usté se cré que esto eh er CSI ese o qué? Ande, ande, firme aquí y ya veremos si hay suerte y localisamo ar gitano antes de que la venda por piesas...
YO- [indecisa entre soltar un barbarismo o halagar su hombría, opté por esto último, a ver si colaba mi caso por encima de algún atraco a una mercería o redada en un puticlub] Bueno, inspector, yo confío en que usted lo encuentre y yo recupere mi bicicleta. ¿Me llamará si esto ocurre o me paso yo por aquí dentro de unos días?
En esta instancia debí de batir mucho las pestañas y mirarle con cara de haberme topado con Supermán, pues condescendió guiñándome un ojo:
POL- La llamaré, claro está, aunque puede venir a verme cuando quiera.
Vamos, que ni bicicleta, ni novio policía, ni ostias en vinagreta. Al menos se ha quedado con mi número de móvil: una aprende con los años que nunca se sabe dónde aparecerá el príncipe de los cuentos... y éste ya es azul, al menos por fuera.
Así termina mi mes de julio, condenada a desplazarme a patita de nuevo los 4 kilómetros hasta la oficina. Mi cuerpo serrano lo agradecerá pero, ¿quién me paga a mí los daños y perjuicios psicológicos por no poder ir tarareando la canción de "Verano Azul" al trabajo? Que una no llega del mismo humor si se arrastra a la oficina caminando, caramba. Que va a bajar mi productividad y así quizás pueda alcanzar a otros curritos locales, más curtidos en el savoir faire laboral andaluz...
En fin, y yo que me creía que lo primero que me robarían en Sevilla sería el corazón un zeñorito andalú que me llevase como una reina a la Feria en coche de caballos... ¡ay, qué desaborío el destino! Me ha tenido que robar un gitano la bicicleta. ¡Qué malahe, dios mío, qué malahe!