14 de febrero de 2010

Que le den a San Valentín y a la Disney

Como todos sabéis, en la celebérrima comunidad vecinal llamada Facebook se encuentra una con todo tipo de gentes (y hasta alguna persona) agrupadas en torno a las más peregrinas ideas y, dado que no hay que abonar cuota de entrada ni sufrir perturbante ritual alguno para ingresar en tales sectas virtuales, se une una con alegre disposición tribal a clubes de internaútas tan selectos como variopintos. Uno de los últimos en los que la que perpetra estas líneas ha ingresado como numeraria de pleno derecho viene muy al pelo para tal día como hoy. Su título es: -¿Aún sin novio? -Sí, y tú, ¿aún no te has muerto?...

Enternecedor diálogo que todas las que tenemos pueblo a donde ir en vacaciones y fiestas de guardar hemos ensayado hasta la exasperación con las viejas del lugar. Lo que a los 15 años te parecía una pregunta inocente por parte de una abuelilla encantadora, al llegar a los 35 te resulta una patada dialéctica directa al bazo por parte de la doble de la madre de Norman Bates quien, para más inri, a pesar de la extirpación de vesícula, el triple by-pass coronario, la prótesis de titanio en la cadera y los lingotazos de coñac jugando al chinchón con las amigas, sigue vivita y coleando 20 años después. Y con más mala leche que nunca, la muy viuda beata con verruga en la nariz y halitosis crónica. Muchas me entenderéis cuando describo la frustración que se instala en el subconsciente de una al no poder espetarle la frasecita indagando sobre la fecha de su óbito -que se desea prematuro- sino tener que tragar saliva, sonreir, y contestar amablemente: "No, señora, no, no ha habido suerte". Ella te mira cándida y te agarra un moflete con su mano huesuda y, una vez que te tiene así sujeta, sin posibilidad de huída, dispara la bala que guardaba en la recámara: "Ay, qué suerte tiene tu madre, que la vas a poder cuidar de mayor" (versión vieja con aversión a los asilos), o bien "Bueno, bueno, tanto jugabas a la pelota de pequeña que no me extraña" (versión vieja que cree que soy liviana o, lo que es peor, libanesa).

Dardos gerontológicos envenenados a un lado, que no me tire nadie de la lengua y me haga también poner a caldo perejil mientras se caen de un burro a esas compañeras de clase de tus años mozos, que permanecen agazapadas durante media vida tuya y, en la reunión de antiguas alumnas de la promoción 91-92 del COU de antaño, saltan como perras sobre ti para enseñarte el anillo de casadas y preguntarte si tú has corrido la misma (buena, según su parecer) suerte. Apenas te ha dado tiempo a balbucear un "no" que resulte lo suficientemente convincente para sonar a "porque no me ha dado la gana, que pa eso me lavo el pelo con L'Oreal", cuando ya se han dado la vuelta y -sin querer, faltaría más- dejan que oigas como le cotillean a Pitina Pérez y Susi Salgado: "Pobrecita, la Patri Zapico, ¿te puedes creer que no se haya casado? Con lo mona y simpática que es, qué pena me da. Claro, por eso está tan delgada, la muy zorra, por la depresión"...

Llega un momento en que te preguntas porqué al mundo mundial le ha dado por esta exaltación exacerbada del matrimonio y, encima, en los últimos tiempos por la Iglesia, que por ignotas razones que escapan a mi terrenal y solteril comprensión vuelve a estar de moda (¿la gente que se casa no sabe quién es Rouco Varela o qué?). Lo más socorrido sería echarle la culpa al santo cuyos desaguisados amorosos celebramos hoy. O a la Disney, que nos ha hecho creer que somos como Pocahontas: asalvajadas solteras hasta que venga un John Smith al rescate nupcial y encima tengamos que hacerle la cena para darle las gracias. Manda co... lines. Que mucha culpa de todo esto tienen las películas, yo no lo niego, que Jolibú te pone unas expectativas altísimas. Imaginemos, una chica cualquiera de mi edad (es decir, apenas pasados los 25, ejem, ejem), que se haya tragado los grandes éxitos de la comedia romántica desde Cuando Harry encontró a Sally hasta, por poner un límite cronológico, Cuatro bodas y un funeral, ¿qué esperaría antes de decidir que uno en particular era el hombre de su vida? Facilillo: se metería a puta en Hollywood Boulevard para que un canoso atractivo en un Porche se la llevara de compras a Rodeo Drive, luego quedasen en Nueva York en el Empire State pero él no apareciese hasta el último momento, todo porque se le había ocurrido hacer un viaje en el Titanic y hundirse en pleno hielo ártico, mientras ella escribía un diario en Notting Hill y se apuntaba a clases de baile con Patrick Swayze, que la palmaba cortocircuitándose con un torno de alfarero, y entonces en el funeral conocía a un inglés que tartamudeaba y tomaban un té en una cafetería donde ella fingía un orgasmo, sentada en una mesa frente a un portátil donde Tom Hanks le enviaba un e-mail diciéndole que era el Rey del Mundo, lo que la hacía pillar a ella un cabreo de tres pares e irse a Paris a hablar con un enano en el metro, luego teñirse de rubia y comprar un viñedo, emborracharse para olvidar sus desamores, y todo para que al final un tal Mr. Darcy la sacase de la cárcel donde cantaba a Madonna, le pidiera que se casara con él, organizasen una gran boda griega y, cuando el sacerdote le preguntara a ella lo de "¿quieres a este hombre por esposo?", saltase sobre un caballo y se diera a la fuga trotando hacia el horizonte...

En mi limitada imaginación estas son las fruslerías que yo espero de una relación amorosa que pueda mantener mi delicado margen de atención pendiente de que se perpetúe más allá de dos o tres lunas. Ea, queridos, ya ninguno de vosotros volverá a intrigarse sobre las razones de mi soltería. Efectivamente, la diagnosis es: la pobre está mal de la cabeza. Pues sí, pues sí, ¿para qué negarlo? Entre eso y que, como condicionantes mínimos exigibles para la convivencia, impongo: una casa de 600 metros cuadrados (450 de ellos para mí, claro); habitaciones separadas; televisiones separadas; frigoríficos separados; y baños separados (no hay cosa que más altere mis nervios que los lavabos de doble palangana). Eso en cuanto al espacio físico a compartir. Por lo que se refiere al espacio temporal: un novio marino mercante con contrato en una naviera de una ex-república soviética. O sea, en cristiano, alguien que pase al menos 6 meses al año alejado del tranquilo discurrir de mi existencia. Y, en los meses en que habremos de vernos el careto a diario, disfrutar yo solita de 60 días naturales de asuntos propios, sin dar explicaciones ni tener el cargo de enviar mensajes al móvil o escribir en el muro del Facebook. Por lo que se refiere a obligaciones conyugales y/o planificación de la descendencia, la primera parte sencillita: cuando a mí me apetezca, como en cualquier otro matrimonio tradicional al uso. La segunda más simple aún: los niños son tan monísimos... cuando se van por fin a casa de sus padres... En la mía, con un Westie que corretee por el jardín ya he cumplido con toooodo el instinto maternal que el universo ha arrojado sobre mis frágiles hombros.

Intuyo que os estáis carcajeando de mí, pero mejor haríais en dejar la incredulidad de lado y anotar mi maravillosa receta antidivorcio: no casarse nunca. Excepto, eso sí, con una misma, como hizo en un capítulo de una de mis series favoritas mi adorada Carrie Bradshaw. Que no os pille de sorpresa el día que en este blog lance una invitación cibernética a mi boda conmigo misma, oficiada por ejemplo por Mercedes Milá (otra gran pava amante de su misma mismidad). El banquete lo haré en un cortijito por tierras sevillanas, así que id sacando la chequera, que he de recuperar todo el dinero invertido en vuestras bodas, bautizos y comuniones. Que menuda década me habéis hecho pasar de inversiones irrecuperables, a ver qué os creíais, inocentillos, que encima siempre os he hecho ahorrar un cubierto por ir sin media naranja.

Antes de despedirme por hoy, he de confesaros que ese resquicio de Pocahontas que aún queda en mí guardaba la esperanza de que el karma universal me devolviese tantas misas aguantadas estoicamente y Paquitos los Chocolateros bailados lo más honrosamente posible en forma de un Luis o Rafael Medina cualquiera que se postrara de hinojos en plena calle para pedirme matrimoniar. Pero mi esperanza decrece como la tela del tapatetas (que rabos no tiene) de Pocahontas: con lo buena nuera que sería yo para Nati Abascal, que me gusta el gin-fizz tanto como a ella... En fin, que no he recibido hoy postal ni regalo alguno valentinesco que me haga albergar anhelos de alcanzar el duquesado de Feria. Y que me quedo muy feliz, soltera y plebeya.

Y a San Valentín, que le caiga una breva encima y se dé cuenta de que debería largarse a vivir a Chueca, que tanto rosa y tanto corazón dan cierto tufillo ya en ese armario...