Supongo que alguno de vosotros a punto estaba ya de contactar, presos de la histeria, con Scotland Yard ante mi falta de noticias... Bueno, decidme al menos que teníais cierto sentimiento de desasosiego y no sabíais a qué era debido... Vaaaale, acepto Camilla Parker como animal de compañía.
Nadie se había percatado de mi ausencia epistolar, snif snif. Ahora entiendo aquello de la soledad del autor, compartida con Borges, Proust, Joyce... y Ana Rosa Quintana.
En fin, aquí estoy de nuevo, tras un breve paréntesis de diez días en la patria chica astur que se pasaron en un suspiro y me evitaron disfrutar de la gran nevada londinense. Mi regreso a este lado del canal manchego ha consistido básicamente en continuar expandiendo mis horizontes profesionales en esta indolente experiencia laboral llamada "becaría exprés" (por lo escaso de mis responsabilidades y lo ínfimo de su duración, dioses del Olimpo sean loados!). Estos últimos días ya no solamente me han dejado cotejar términos dudosos en diccionarios y navegar pesquisando referencias por internet sino que, en un desbarre jerárquico digno de análisis, se me ha encomendado la relectura de los subtítulos en castellano hechos por una nativa de Suecia y su posterior corrección... ni que decir tiene que la sueca se hizo la ídem cuando le señalé sus múltiples desgracias léxicas. Resultado: un DVD de formación de la empresa Thyssen Krupp en el que, entre otras lindezas, se puede leer:
- El empleante debe ser llamado para teléfono por el empleado
- Presione entrar y el diafragma aparecerá encima de su pantalla
- Siga a estas instrucciones hasta que lleguen a su final
Menos mal que era de formación del personal administrativo, y no un vídeo explicativo para operarios de reparación de ascensores... o muchas defunciones iba a haber en las comunidades de vecinos de Tarragona, a donde fue a parar esta maravilla de la traducción paneuropea. Para aquellos que se pregunten qué hace una sueca traduciendo al español si no lo domina: sí, está buenísima. Y sí, se tira al director de proyectos. Como becaria suya he aprendido una lección muy importante: no estudies más idiomas, invierte en cirugía plástica (digo, porque renacer en Suecia lo veo más complicado).
Pero no todo va a ser estudiar y trabajar, también ha habido tiempo para los eventos sociales en mi difuminada agenda. El jueves pasado tuve mi primera cena de etiqueta Brittish total, qué ilusión. Aquellos que me hayáis sufrido como profesora, y algunos otros que compartís mis gustos frikis televisivos, entenderéis que recibir una tarjeta formal por correo de parte de tus propios caseros para invitarte a una cena a tu propia casa sólo me puede remitir a un personaje: ¡¡¡Mrs. Bouquet!!! Pues sí, con dos días de antelación me llegó, con su correspondiente RSVP que yo, rata de mí, no franqueé en el Royal Mail sino que entregué en mano. Indicaba la hora, el número de comensales y si estos eran ladies o gentlemen, el código de etiqueta, y el color dominante en el ambiente. Como lo oís.
Primer problema, vi que se sugería vestirse de manera "formal casual"... Mmmm, ¿y eso qué ye, oh?, pensé para mis poco sofisticados adentros. Barrunté que no se trataba de nada más que de una traducción libre del arreglá pero informal pantojiano y me dispuse a buscar algo tipo chándal con tacones pero sin ir de Camela por la vida. Encontré en el mercado de Spitalfield un socorrido vestidito negro muy Audrey Hepburn, y sin probármelo siquiera me lo llevé.
Segundo problema, de tipo cromático. El color imperante en la velada era el morado. Yo pensé que bastaba con anticipar la glotonería para ponerse ídem con las delicias culinarias de mis anfitriones. Pero no. Había que llevar algo morado. Horror de los horrores. Siento herir las sensibilidades de algunos lectores pero el morado para mí sólo representa: a los exacerbados nazarenos de la Semana Santa sureña chillando hipnotizados de éxtasis (religioso), o bien el feminismo neoprogre abanderado de nuestra ínclita vicepresidenta, alias pellejo Maritere. Y yo ni con uno ni con otro comulgo, por mucha cena gratis que me den. Así que solventé el problema comprándome unas bragas moraducas en el Primark que ya sabéis que es como un rastro postmoderno. Oiga, un chollo: dos libras por tres pares pagué, mientras rezaba porque el santo y seña de la entrada al convite no fuese enseñar la parte morada de la indumentaria...
Tercer problema, noté que había el mismo número de comensales hembras que machos y caí en la cuenta de que quizás no era con pretensión de cumplir cupos ni de equilibrar temperamentos hormonales, sino que podría tratarse de una treta para colocarme a algún soltero apetecible, es decir, a aquel que quedaba sin su par siendo yo la convidada de piedra. Qué divertido, podré cumplir la misión que me ha traído en realidad a Inglaterra...
Ah, ¿que no sabíais este secreto? Una persona muy allegada a mí, de inicial R. (más no puedo desvelar), me ha encomendado buscarle marido en este país. Con qué fines, no he preguntado. Tengo fe en que sean legales. El metro me había proporcionado hasta ahora mucho material, pero la criatura en cuestión no acepta matrimoniar con totales desconocidos. Así pues, vi el cielo de la alcahuetería abierto con esta ocasión.
O eso creía yo.
Tras tanta tribulación llegó al fin el día de la cena. Con anticipado entusiasmo, salí corriendo de mis clases en Roehampton porque la hora de inauguración del pantano estaba prevista para las 7 de la tarde. A menos diez minutos y completamente calada hasta los huesos, pues nevaba y el autobús me dejó dos paradas antes de lo debido, arribo a una mansión llena de velas en tonos lila y morado, con ténues toques en la decoración de la mesa y cristalería del mismo tono, y mis dos caseros todos estupendos y monísimos ella de tiros larguísimos y él de postal de club inglés privado, con corbata... ¡morada!. No os digo más, por no saturaros, que el collar de Minty era nuevo... ¿adivináis de qué color? Pues eso.
Un breve vistazo al panorama y sentirme Lina Morgan fue todo uno. Tras cinco minutos de rápida depresión sólo me quedaban otros cinco para remozar mi fachada y bajar la escalera a lo reina de Saba. Saco el vestido negro del armario, me lo enfundo presumiendo mentalmente de mi aspecto final y... descubro que no es tal vestido sino uno de esa especie de jérseys largos que tanto se llevan ahora. Baste decir que no hubiese sido necesario insistir en que sí llevaba ropa interior morada: quedaba contundentemente a la vista. Horror, pavor, crímen de crímenes estéticos. Soy Bridget Jones traducida al español y subtitulada con perversa ironía. En este estado de emergencia una solamente puede recurrir al sufrido color negro para no quedar como la Chata Pumarín. Chinos negros y jersey negro de cuello cisne... llegó la alegría de la huerta, la juerga padre a la fiesta. Con razón el primer comentario flemáticamente británico que me hicieron los invitados fue: ¿y tú qué te pones cuando vas de funeral?
Afortunadamente, la cena transcurrió divertida y sin incidentes hasta la sobremesa en que, instigados por los buenos caldos de Burdeos consumidos, a los nativos se les aflojó la contención victoriana y allí se lavaron trapos de lo más íntimo. No puedo ser explícita porque sé que me leen menores de edad, y además me estoy quedando sin espacio y perdiendo vuestra paciencia para contar la perla de la noche.
Aquellos con buena memoria recordaréis que había un hombre sin par a quien yo pretendía seducir con fines altruísticos. Verlo y caer rendida a sus pies fue todo una: Mr. Darcy redivivo, pasado por una sastrería de Sloane Street y barnizado en antropología por Oxford. El sueño de la que me había encomendado la misión casamentera. Encantador, a todas nos dijo algo sobre nuestra ropa y complementos, utilizó un rico vocabulario para describir el grado de gusto con el que consumía los distintos platos del menú, nos contó con detalle la última exposición de pintura que había visto en la National Gallery, se levantó a recoger la mesa... La perfección hecha hombre. Hasta que sonó Madonna de fondo y le vi contonear las caderas con el rabillo del ojo al tiempo que chillaba un oh my God que hizo temblar los cimientos de mi rápido enamoramiento.
Un temblor siempre anuncia un terremoto. En el momento enológico de las confidencias, y llegado su turno, dijo con voz profunda:
Me conocéis ya desde hace un año, y creo llegado el momento de salir del armario. Me estoy tirando a Andy (Nota de la redactora: por lo visto el becario de la empresa, jeje, me pregunto si su hermana será sueca...) desde hace tres meses.
Os juro que tras una breve pausa, que no superó los dos segundos, todos los ingleses continuaron la conversación como si allí no hubiese ocurrido nada tras un par de enhorabuenas de los hombres y un conato de aplauso de las mujeres. La exótica española, movida por el frenesí pasional latino de su sangre, fue la única capaz de espetarle:
- Será broma, ¿no? Vuelve ahora mismo a meterte dentro de ese armario.
Sigo esperando... A eso y a que me inviten a otra cena, cosa que intuyo no ocurrirá en el futuro próximo. Entretanto, he aprendido la lección:
1. Prometo cumplir al pie de la letra los requisitos de las invitaciones.
2. Juro comprarme un vestido negro que me llegue a los tobillos.
3. No volveré a enamorarme de un dandy inglés por encargo de otra, por muy filantrópico que sea el fin.
4. Inventaré un secreto vergonzoso que poder contar en las sobremesas de cenas a la luz de las velas. Yo también quiero ser la reina de las fiestas...