Mmmmm... que digo yo... que esto debe de ser lo que se viene llamando un lapsus. De los pequeñitos, de 365 días de ná. No siendo de naturaleza hipocondríaca, no me da por pensar que pueda haber sido una crisis de creatividad (Tolstoi, Ana Rosa Quintana y yo estamos libres de tal apoplejía). Conclusión científico-pagana: me consumo y regodeo en la indolencia, la haraganería, la desidia, la displicencia y la gandulería más recalcitrantes. Y, caramba, ¡qué bien le sientan todos esos sinónimos al cuerpo de una! Pero, en fin, como tengo vocación de servicio público (que no se quiere decir de letrina en plaza de pueblo, si no de realizar mis buenas obras del mes, como me enseñaron Zipi y Zape), y andarán mis lectores ávidos de conocer los derroteros de mi existencia... ejem, ejem... heme aquí de nuevo, dispuestísima a hacerles perder 5 minutos de su preciado tiempo (si puede ser, del laboral, que cunden más).
Desde la última vez que asomé mi linda y elongada pituitaria por estos blogges, me ha dado por mudarme ni más ni menos que dos veces de residencia. Hay gente que, ante el atisbo de una crisis existencial, apatía generalizada, o por mero aburrimiento, cambia de pared los cuadros de la casa o le encarga a la suegra unas cortinas nuevas para el salón. Yo no: yo bajo a los cubos de reciclaje de cartón y merodeo las boutiques de ropa al anochecer, me hago con tantas cajas de tantos tamaños como sea posible, incrusto a lo Mary Poppins en ellas todas mis pertenecias, y abandono nidos con más facilidad que un estornín en pleno invierno.
Así, en el primero de estos procesos migratorios, di en descansar mi vuelo en un edificio modernista de la calle Alfonso XII (aquel que todo el día le preguntaban que a dónde iba, al triste de él). Huía yo de mi vecina la coja que me despertaba con su bastón los días impares, y del gitano cantarín de Sierpes que me despertaba los pares y las fiestas de guardar. Ah, azaroso e irónico destino, qué jotumadre eres. De bruces dí con varias viejas de aspecto cándido el día que se presentan y de psicopático comportamiento de ahí en adelante. Por un lado, la Vieja Pastora, presidenta de la comunidad a perpetuidad y reina de la ociosidad y el cotilleo de los patios interiores. Llegué a iluminarme no más que con la pantalla del móvil por las noches, pues si intuía la espía gerontológica que me hallaba domiciliada...¡pimba!... timbrazo y queja peregrina al canto. Y por el otro, ventana con ventana con mi claramente-no-acústicamente-aislado dormitorio, la Vieja Sin Nombre, pero cuyo perro de inverosímil genética se llamaba Pepe y era todo oídos para ella. Al menos, eso inferí del hecho de aguantar, con soterradas imprecaciones a los difuntos de la señora por mi parte, noche tras noche un chorreo incesante de monólogos con tal ser canino que dejaban a la Esteban a la altura de monja cartuja al lado de la verborréica señora.
Así, en el primero de estos procesos migratorios, di en descansar mi vuelo en un edificio modernista de la calle Alfonso XII (aquel que todo el día le preguntaban que a dónde iba, al triste de él). Huía yo de mi vecina la coja que me despertaba con su bastón los días impares, y del gitano cantarín de Sierpes que me despertaba los pares y las fiestas de guardar. Ah, azaroso e irónico destino, qué jotumadre eres. De bruces dí con varias viejas de aspecto cándido el día que se presentan y de psicopático comportamiento de ahí en adelante. Por un lado, la Vieja Pastora, presidenta de la comunidad a perpetuidad y reina de la ociosidad y el cotilleo de los patios interiores. Llegué a iluminarme no más que con la pantalla del móvil por las noches, pues si intuía la espía gerontológica que me hallaba domiciliada...¡pimba!... timbrazo y queja peregrina al canto. Y por el otro, ventana con ventana con mi claramente-no-acústicamente-aislado dormitorio, la Vieja Sin Nombre, pero cuyo perro de inverosímil genética se llamaba Pepe y era todo oídos para ella. Al menos, eso inferí del hecho de aguantar, con soterradas imprecaciones a los difuntos de la señora por mi parte, noche tras noche un chorreo incesante de monólogos con tal ser canino que dejaban a la Esteban a la altura de monja cartuja al lado de la verborréica señora.
No es de extrañar que el proceso mudanzil lo retomase a los pocos meses de pulular por semejante hábitat. Lo que más pena me dio fue despedirme del chino de la esquina (del establecimiento, no del dueño), que me sacó de tantos apuros alimenticios aquellos meses. Y es que ahora que no vivo ya en la gran ciudad, el desavío adonde ir a por la Nutella si no tienes para desayunar no es de allende la Gran Muralla, sino oriundo de Santiponce. ¡Aquí he dado en reposar mis nómadas alas! Se admiten apuestas de por cuánto tiempo, seguro que alguien se forra. ¿Por qué Santiponce? Bueno, una Patricia como yo debía volver a sus orígenes más ancestrales y resúltase que si tiro una piedra desde mi ventana alcanzo el anfiteatro de Itálica. No es que dicha actividad me provea de placer alguno, pero es un decir para situar a mis lectores. Además, ante la atenazante crisis económica que nos ahoga los futuros imperfectos, me dije yo para contra mí que no iba a ser menos que mis ídolas Anita Obregón y Carmen Lomana, que de perdidos al río (Guadalquivir, a ser posible), y que había que darles a la Merkel y al Sarkozy particulares razones para pensar que los españoles vivimos por encima de nuestras posibilidades. Ergo: chalet, jardín, piscina, terraza... Y no me compro un 4x4 porque se me olvidó multiplicar. Quedan ustedes todos invitados, por cierto, a dejarse caer por acá, y serán debidamente convidados a un cocktail by the pool, que una ahora es suburbana, pero chic.
Debería continuar tecleando en aquestas páginas y relatando mis devenires turísticos por el ancho mapa mundial, que me llevaron a experimentar la Gran Manzana con la madre de la que suscribe (punto de vista irrepetible digno de Callejeros Viajeros) y culminaron con mística experiencia en ese país que ha legado a la humanidad el curry, Bollywood, y la ropa pa los hippies de diseño. Pero merece capítulo aparte y, además, no quiero que nadie se canse con mi regreso... pues amenazo con quedarme.
¡Feliz Carnaval! Quitémonos todos las máscaras, a disfrutar, y el que pueda que se compre un billete de autobús, aunque sea urbano, a Cádiz (y se vea en el trayecto las buenas chirigotas y comparsas de este año del Falla).