27 de enero de 2009

De zorros, becarias, y terapias

Con semejante título imaginaréis ya que los tratamientos a los que hago mención serán mentales y estaré pasando yo por ellos. Pues ya veremos según vayamos leyendo... Todo forma parte de un batiburrillo de cosas relevantes en mi azarosa existencia londinense que me gustaría compartir con vosotros.
Como diría Jack (no el de la novia tetona motera, sino el Destripador)... vayamos por partes. La mayoría de vosotros desconoceis el hilarante hecho de que me haya convertido en becaria de ocasión a mi avanzada treintena. Comenzaron mis tribulaciones como doña-nadie laboral hace ya dos semanas en una moderna agencia de traducción audiovisual sita en los aledaños del archifamoso Covent Garden (yo siempre quise emular a Eliza Doolittle y, al menos en ubicación, lo he conseguido... sólo me falta tropezar con un fonetista cantor que vilipendie mi desclasada pronunciación).
A lo que iba, que ni mi simpar inteligencia ni mi vasto bagaje académico-intelectual estaban preparados para pasar por esto. Ya no digo nada de mi descomunal modestia... Las árduas e intrincadas tareas a las que me he visto abocada se ciñen a: fotocopiar, leer, corregir faltas, escuchar lo que otros dicen, cotejar diccionarios, navegar por internet, y hacer recados varios allende la frontera de la oficina. Vamos, que para el fin de semana ya me temo que me darán el manual de la Nespresso para que me lo estudie al dedillo. Esto le pasa a una por meterse a aprendiz a estas edades; ser becaria tiene su momento y su lugar, y si no que se lo pregunten a la señorita Lewinsky. Menos mal que nuestra oficina es rectangular...
En fin, de todo se aprende y en mis ratos de ocio en mi becaría (que son muchos) me entretengo con el espionaje industrial. De aquí me marcho con todo lo necesario para montar yo un chiringuito subtitulador en un periquete, os apuesto las cien libras que me pagan al mes para sufragarme el transporte. Qué inocentillos: he robado una bicicleta y todo son ganancias. Además, no gasto nada en modelitos tipo el-diablo-viste-de-Prada porque resulta que mis jefes, imbuidos de un neohippismo laboral inédito en tierra patria han adoptado una política que prohíbe llevar corbatas a los hombres y tacones a las mujeres. No han dicho nada en viceversa, pero no he observado inclinación alguna al travestismo entre mis colegas... de momento.
Hablando de elegancias en el vestir, pienso en una cola de piel de zorro y salto a mi otro tema a compartir. Mis experiencias zoológicas este año están siendo muchas, el karma me obliga a verme rodeada de animales con cuya compañía jamás soñé solazarme. ¡Resulta que vivo en un barrio infestado de zorros! Varias de las noches de la semana pasada, regresando a casa, me pareció ver en la lejanía un animalejo, demasiado grande para ser un gato y demasiado escuálido para ser un perro, atravesando las calles o el parque sigilosamente. No le di excesiva importancia hasta este sábado cuando, con nocturnidad (por ser las 10:30pm) y alevosía (por saltar de entre un mato de la valla del cementerio de Wandsworth cuyos límites recorro a diario... sí, es toda una maravilla literaria contemplarlo a la luz de la luna envuelta en niebla), un bichejo peludo se quedó frente a mí mirándome fijamente con ojos vidriosos.
¡¡¡Un zorro!!! El procesador de textos no tiene suficientes exclamaciones para expresar el calibre de mi susto. Con su larga cola blanquecina y su hocico puntiagudo. ¿Y qué hace una cuando se topa con un zorro? Os diré los pasos que siguió mi poco armado cerebro para este tipo de emergencias:
- Operación 1: procesa mentalmente su conocimiento sobre esta especie y su posible peligrosidad. Conocimiento cero patatero. Peligrosidad toda la imaginable.
- Operación 2: recurre a escenas similares que ha podido ver en una película.
- Operación 3: recuerda haber oído que si te encuentras a un oso lo mejor para asustarle es actuar como si tú misma fueses un plantígrado.
- Operación 4: pasa dos minutos pensando, ¿y tengo entonces que actuar como si fuera una zorra? Si es así, ¿por qué no ha huído este bicho de mí todavía? ¿Acaso no me huele?
- Operación 5: se olvida, hipócrita y velozmente, de su ateísmo y conjura a todos los santos que se le ocurren, amén de a la Virgen de los Siete Candelabros, para que la libre de morir despedazada. Ya de muerta, piensa, mártir.
- Operación 6: cierra los ojos al ver moverse al zorro en su dirección.
- Operación 7: chilla al tiempo que vuelve a abrirlos para mirar con valentía a su verdugo.
- Operación 8: suspira aliviada y piensa en los extraños ruidos que está haciendo la parte baja de su intestino al ver al zorro desaparecer por donde había venido.
Cuando una llega a casa tras semejante momento-cercano-a-la-muerte (que vi el pasillo y la luz, os lo prometo) lo menos que necesita es que le escupan encima una buena dosis de flema británica: "Ah, caramba, ¿así que has visto un zorro? Hum, hay muchos por aquí, sí. Pareces pálida y temblorosa, ¿querrías un té?". Pues no, no quiero té. Quiero una escopeta, un caballo, una chaqueta roja de terciopelo, una fusta, y apuntarme a un club de campo con Carlos y Camilla de socios de honor y cuyo lema sea "Nos da igual la ley: viva la caza del zorro". Las tradiciones están para mantenerlas, y yo soy una fiel defensora de las actividades en el campo.
Y bien, después de todo lo que os he contado, ¿todavía pensais que las terapias no son necesarias? Me he autorecomendado masajes antiestrés para después del trabajo, y masajes descontracturantes para después de mis cacerías. Lo que aprende una viviendo en el extranjero.

21 de enero de 2009

Mis particulares Ropper

Llevo ya suficientes jornadas en mi nueva ubicación como para poder hablaros de mis caseros si caer en poco meditadas conclusiones sobre su personalidad o hábitos. Pasaré a daros cuenta de todos los pormenores típicos de un reportaje del Hola en plan "Tomando el té en casa de los señores de Tal Pascual", pero antes vaya por delante un breve y entusiasta resumen: ¡estoy encantada!
David y Emily son unos treintañeros recién casados cuya sonriente foto os adjunto. Él trabaja en el sector inmobiliario y ella tiene una empresa de... ¡pasear perros! Pues sí, mis poco imaginativos (empresarialmente hablando) lectores: se puede vivir de eso, y muy bien. Echad un vistazo a:
http://www.poochinthepark.com/ y lo veréis. A pesar de su reciente incursión en ese tradicional estado civil, añorado por muchos y vilipendiado en infinidad de ocasiones por mí, tienen muy contenido el entusiasmo post-nupcial con sus consabidas muestras de efusión pública. Impera en su comportamiento afectivo la ranciedad victoriana: God save the Queen! Si se les hiciese un estudio genético creo que no aparecería un solo cromosoma que no fuese de abolengo británico, pues cumplen todos y cada uno de los tópicos: traje oscuro de raya diplomática él, rebequinas de pálidos tonos ella; corbatas chillonas él, faldas plisadas ella; LandRover a la puerta de casa; tetera siempre sobre los fogones y juego de té floral desplegado en el comedor; para salir de paseo botas y Barbours momento Carlos-y-Camilla-en-Balmoral; plantas y flores varias dispersas por el jardín y césped milimétricamente cortado... En resumen, más ingleses que los huevos con bacon para desayunar (única licencia que se permiten en su afán de ser el epítome de la britaneidad, pues sólo comen alimentos orgánicos). Majos también donde los haya, como las antiguas pesetas. Y dado su carácter afable y bonachón, y su inocente confianza en el género húmano, de la que dieron buena muestra dejando la llave bajo el felpudo a mi llegada, ya me han dejado solita el primer fin de semana a cargo de la casa... y de su hija adoptada de raza canina, Minty, de quien ya os había hablado. Hasta ahora, y a mis 34 años, mi madre me deja una lista de tareas y me llama cada veinte minutos si quedo sola en su casa... bueno, y mi hermana ni siquiera me deja quedarme sola en la suya... Así pues, ¡qué madurez debe de emanar de mi faz tras varios meses de exilio! Verme y confiar en mí fue todo una, a ver si cunde el ejemplo... ejem, ejem.
Prubinos, quizás no debieron lanzarse a responsabilizarme de tanto en tan poco tiempo. Empezando por Minty, de la que sólo os había contado nuestro receloso primer encuentro, ella como perra guardiana y yo como ladrona potencial de la propiedad bajo su vigilancia. Me dicen que la pasee por las mañanas a diario para que luego "no se vuelva loca en casa y lo muerda todo" (de verdad que podían ser un poco menos sinceros en sus explicaciones). Un paseo: fácil, ¿no? Pues no. Hay que convencer a una bulldog, una BULLDOG oigánme, de que debe ponerse un arnés alrededor del cuello y bajo sus patas. Primero lo intenté dialogando, en plan: "Minty, bonita, si te pones tú sola este invento te compro un hueso de ternera en la carnicería de la esquina". Luego lo intenté por el método lanzamiento libre directo: a tres metros de ella trataba de encestar el arnés en su cabeza, infructuosamente. Finalmente, tuve que optar por una solución intermedia: me puse los guantes de sacar las bandejas del horno, agarré el arnés con una mano y a Minty con la otra, y recé todo lo que sabía a San Roque por ser su patrón a ver si intercedía. Funcionó. Tras mi primer gran triunfo salí rumbo al parque.
Nada más abrir la puerta de casa di por perdida mi clavícula derecha y la articulación que une hombro y codo. Cómo puede tener un animal de apenas 15 kilos la fuerza suficiente para tirar de mí y hacerme caer a la gravilla del jardín delantero arrastrándome durante tres metros y medio... escapa a mi poco zoológica comprensión. El resto del trayecto hasta llegar al parque tuve el disgusto de que mi ego deportivo se desinflara cual globo bajo aguja al no poder mantener el ritmo del trote de Minty sin sacar la lengua más que ella y tropezar con todo lo que me encontraba por el camino: adoquines, raíces de árboles, una farola, y el vecino del número 24 que venía leyendo el Times distraídamente. Ahora bien, oh divina providencia y simpático karma, siempre compensando el ying y el yang: qué gran experiencia la de pasear con una bulldog por un espacio público. La gente se apartaba a mi vera con clara expresión de terror, los dueños de otros perros tiraban de sus correas para huír de nosotras, y el equipo completo de rugby infantil modificó su melee para franquearnos marcialmente el paso.

Al fin he probado la erótica del poder, sin tener que acostarme con Sarkozy: quiero un bulldog para mi cumpleaños. Ocho de mayo, que no se os olvide. Y de paso un trineo con ruedas, para aprovechar la fuerza tractora del can en cuestión y no tener que hacer más peelings faciales contra la superficie de la tierra.

14 de enero de 2009

Feroces feromonas

Love is in the air, como dice la canción, y aquí no hay quien respire pues el aire invadido del veneno de Eros es ni más ni menos que el de nuestras clases. Hemos comenzado los nuevos módulos y se ha abierto la caja de Pandora hormonal. Objetivo: nuestro instructor de subtitulación para sordos, que de momento hace oídos ídem a las melosas interjecciones de sus pupilas... No voy a dar nombres por aquello de preservar la intimidad del interfecto, aunque sí sus iniciales que son P.R. y que, visto lo visto, no corresponden a Pimpollo Resultón sino más bien a Profesor Rompecorazones. También os proporciono un par de fotos discretas por las esquinas, para que critiquéis abiertamente nuestros gustos.

No debe acusársenos, sin embargo, a las féminas subtituladoras de vana superficialidad al sentirnos irremediablemente atraídas por esos ricitos morenos y mirada de orfandado cabritín (pa comer con patatines, claro). Nada más errado. Su mayor atractivo apela a nuestra intelectualidad, que es ancha como Castilla... y plana en algunos casos... al haber conseguido convertir los seminarios de los miércoles de 5 a 8 de la tarde en un frenesí propedéutico. Valga como ejemplo gráfico que donde otrora mirábamos bostezando disimuladamente el reloj al pasar la aguja el filo de las seis en punto esperando la pausa de diez minutos para el té de rigor, ahora fulminamos cual gorgonas desaforadas a cualquiera que se atreva a alzar la voz para sugerir un receso. Comienzo incluso a temer que alguna se haga pipí inconscientemente de tan extasiada como la veo atender a las explicaciones del joven gallego subtitulador.


Mi consejo para un ornitólogo ocioso que nos eligiese para un estudio sobre las armas de seducción de las aves (de corral, no os quepa duda) sería que se parapetase ocultamente en el servicio de señoritas antes de las clases: documental de la 2 en estado puro. Que si un me repeino por aquí, que si un me retoco el rouge por allá, que si me perfilo los labios, que si me rimelizo las pestañas, que si me subo un poco la falda, que si me abro otro poco el escote... Todo ello amenizado con codazos discretos al subconsciente, sutiles puñaladas lingüísticas del tipo:

Ejemplo 1 - "Querida, ¿has engordado o son esos pantalones que te hacen un culo más grande que la cúpula de St. Paul's?"
Ejemplo 2 - "Me encanta tu maquillaje, te has inspirado en la puerta del baptisterio de Florencia, ¿verdad?"
Ejemplo 3 - "Ay, hija, qué suerte, ya me gustaría a mí ser tan planita como tú y no necesitar siquiera usar sujetador"
Ejemplo 4 - "Qué color de pelo más original para teñirte, no sólo te tapa todas esas canas que te han salido, sino que hace juego con la moqueta de la sala de ordenadores"

En fin, en el amor y en la guerra, ya se sabe. Vale todo. Entre féminas tan sofisticadas y bien educadas como nosotras la patada en la espinilla no se estila, ahora bien, la coz en el ego es un arma de destrucción masiva efectiva donde las haya. Cuidadito que no acabe viniendo la ONU por acá a poner orden en el gallinero... digo... entre mis compañeras. Bueno, y compañero, que hay un francesito muy amanerado él al que he visto batir las pestañas cual papillon sus alas cuando le mira nuestro objeto del deseo quizás en busca de complicidad varonil. Va listo, el gabacho dejó la testosterona en el probador el día que compró su primer jersey rosa pálido a rombos.

Y en estas lides amorosas me he visto enredada esta primera semana de clases. A mí el profe me hace tilín, pero solamente como animal de compañía, la verdad. Le encuentro un poco demasiado tierno de edad para mis crecientes patas de gallo. Y una aún tiene su dignidad y se niega a que la comparen con Ana Obregón por dárselas de modernilla seduciendo a un subtitulador imberbe, por muy cuerpazo tipo Darek que éste tenga...

Nota de la traductora: los puntos suspensivos al final de este mensaje son una estrategia encubierta de la autora para significar que en realidad se pirraría por sacar a pasear los huesitos del tipo en cuestión pero que, siendo ella de natural modesto y generoso, prefiere retirarse del campo de batalla y dejar la vía libre a otras compañeras más fogosas en sus intenciones. Más y mejor inclinadas a confiar en los beneficios escolares de una relación profesor-alumna. Más cegatas, concretamente, al hecho de que lleve un anillo dorado en el anular derecho.

11 de enero de 2009

De los peligros de vivir de pensión

Queridos todos:
muy feliz 2009, en el que espero hayais entrado con muy buen pie a pesar de los agoreros esfuerzos de muchos por tildarlo de año negro de crisis, y querer olvidarlo ya antes de que empiece. Me rebelo y me rebelo, como Escobar en los toros: que viva el arcoiris donde cantaba Dorothy camino de Kansas... y si ninguno encontramos la pota de oro al final del arco multicolor, ¡qué se le va a hacer! Salud, alegría, y curiosidad por la vida es lo único que no ha de faltarnos.
Habiendo quedado claros mis deseos de Año Nuevo para el 0,000025 % de la población mundial (esos sois vosotros, adorados lectores, los únicos que permanecéis impertérritos ante mis desvaríos espistolares), paso a relataros mi aventurero desembarco en tierras anglas.
Algunos de vosotros no sabréis todavía que he vuelto a mudar mi residencia. Sí, lo sé, debo de tener un gen mutante gitano que no me deja aposentar en parte alguna. Un día de estos saco brillo a la bola y desempolvo la baraja y a forrarme... Patricia Maravillas, Hechicera Española. Diplomada en la Escuela de Tarotología por Correspondencia: Se lee el futuro y a veces hasta el porvenir. Discreta, limpia, honrá, mu educá, y mu sicóloga pa esto de las presonas (como la gran Lola). Descuentos a mayores de 85 años. Se reserva el derecho de no predecir, e incluso de no acertar... A lo que iba, que me desoriento por las cumbres jienenses. Tengo unos nuevos caseros y una nueva dirección, cuyos datos os aporto diligentemente por si os aburrís y me escribís unas líneas caligrafiadas:
Emily & David Mumby
4 Burntwood Grange Road
SW18 3JX
Wandsworth

Copiadlos a lápiz en vuestras agendas, eso sí, porque no puedo prometer permanecer bajo este techo hasta el final de mi aventura londinense. ¡Qué! ¿Ya se os olvidó lo de la genética nómada? Os mantendré informados de mis movimientos. Si acaso me vigilara aleatoriamente Scotland Yard ya pensarán que soy en mí misma una célula terrorista jugando al despiste, jeje...
Volviendo a mi propósito, que no es otro que haceros partícipes de lo azaroso de mi llegada a mi temporal hogar, os diré que había quedado ayer de hablar por teléfono con mi casera nada más aterrizar para comunicarle mi hora aproximada de llegada. Así lo hice, tras poner mis pies en un congelado Standsted a cinco grados bajo cero. Os pediría un poco de imaginación para visualizar mi expresión facial durante esta conversación, que os subtitulo como corresponde a mi recién estrenada condición profesional:

(Salutaciones iniciales de rigor)
- Escucha. No vamos a estar en casa cuando llegues porque hemos quedado para cenar.
- (Aún alegre y despreocupada en mi ignorancia) Oh, no es problema. ¿Qué hago para entrar?
- Te hemos dejado una llave debajo del felpudo.
- (Conmocionada por la alegre confianza en el género humano de mis caseros). Ah, de acuerdo, muchas gracias. ¿Tenéis alarma instalada? ¿Cómo se detiene?
- No, no hace falta alarma. Nuestra perra Minty es la guardiana de la casa.
- Minty, bonito nombre. (Ligeramente alarmada por lo de la señorita canina protectora) ¿Qué raza de perro es Minty?
- Un bulldog inglés. Pero no te preocupes que es muy amistosa.
- (Será con los filetes de rosbif, ya verás tú conmigo) Ah, ¿sí? (Risita nerviosa) ¿Y cómo sabrá Minty que soy su amiga del alma y no una ladronzuela a la que haya que despedazar a mordiscos?
- Está encerrada en la cocina con otro perro, Jake, un cocker. Te he dejado unas golosinas en la entrada para que les des y no te ataquen (¡¡¡palabras literales!!!). Repite varias veces su nombre de forma amistosa antes de entrar y luego acariciales y préstales mucha atención... conseguirás que sean tus amigos para siempre.
- (Oh, claro, para toda la eternidad, pues me moriré nada más ver sus fauces avalanzándose sobre mí) Bueno, gracias Emily, no te preocupes, me las arreglaré (optimista que es una).

Tras esta venturosa visualización de lo que me esperaba, os podéis imaginar que por primera vez el tráfico de entrada a Londres se me hizo en exceso fluido y el viaje demasiado corto. Una vez llegada a la estación de Wandsworth Common, la de mi destino, tomé aire profundamente y avancé con paso resuelto hacia la salida en busca de la calle que me indicaba el mapa con direcciones que me había hecho llegar mi casera vía mensaje al móvil (el mundo moderno, que avanza que no para). La niebla tan típica de la literatura victoriana había sido puesta por el ayuntamiento para mi gozoso deleite ante una noche de luna llena frente a un inmenso parque solitario iluminado de soslayo por una abandonada y triste farola. Recorrí con la mirada uno y otro lado de aquel oscuro rincón sin encontrar la dirección oportuna, pero topándome de frente con un cartel indicador que me hizo soltar un "mami, miedo" mental y poner pies en polvorosa en sentido contrario al señalado. Dicho cartel rezaba lo siguiente:
PENITENCIARIA DE WANDSWORTH, 13O YARDAS

En el fondo, y visto en retrospectiva y con la gallardía que da la luz del sol, aquello fue el empujón definitivo que necesitaba para comprender que el encuentro con la bulldog británica y su amigo Jake (nombre de presidiario tatuado, dicho sea de paso) no tenía porqué ser lo peor que me esperaba en la nebulosa noche londinense. Resuelta y a buen paso, llegué a la casa en menos de diez minutos. Levanté el felpudo, y hallando la llave prometida que me franqueó el paso, afronté la puerta de la cocina dispuesta a enfrentarme al enemigo o morir sin remisión un 10 de enero de 2009, a los meros 34 añitos de edad...
Giro con tiento la manilla, y asomo tímidamente la cabeza mientras intento pronunciar con precisión fonética los nombres de Minty y Jake (pensando que a ver si por un quítame allá una plosiva o fricativa juguetona me quedo sin extremidades). Lo primero que veo es a la perra de la foto que acompaña estas líneas, y al fondo un cocker de aspecto angelical lamiéndose las patas en su rincón del sofá. Me quedo, sobra añadir, totalmente paralizada mirando para ella y tras un segundo que a mí me pareció un siglo entero, me lame el zapato y se pone a batir su cola alegremente y a acercarse para que la acaricie, cosa que hago con los guantes puestos todavía por si necesitase protección frente a sus colmillos.
¡¡¡Tremenda perra guardiana!!! Es que ni me preguntó con qué intenciones venía. Azuzada por mi triunfo con la temible bulldog, me acerqué al estéticamente más alentador de aspecto cocker para presentarle mis respetos, recibiéndome éste con tal sarta de ladridos y malas pulgas que salí de allí por peteneras maldiciendo mi presunción de inocencia perruna.

Lecciones que he aprendido en solamente 24 horas regresada a la capital británica:
- No juzgues por las apariencias, y menos a la especie canina
- Nunca compres un bulldog inglés como perro guardián, es tan feo como ineficaz
- Si has de ir a la cárcel, que sea en Wandsworth, bonito barrio donde si te fugas sus habitantes te dejan las llaves bajo el felpudo