Que es la mía, por aquello de que no hay más que una (aunque yo la comparto gustosa fifty-fitfy con mi hermana), y a quien nunca debimos animar a sacarse la foto para el pasaporte. ¿Es necesario explicar las razones? Porque las madres de nuestra generación son a su vez hijas de la postguerra, y si invierten en algo... créanme: lo amortizan hasta ajarlo.
Reflexionaba yo esta mañana acerca de la sobrevenida pobreza que nos han echado encima la Merkel, el Mariano, el señor Draghi y demás cabezas amuebladas en Ikea que rigen nuestros des(a)tinos económicos. Y en mitad de mi vagar meditabundo caí de bruces en la cuenta de que hacía justo un año me hallaba volando despreocupadamente rumbo a los Niuyores (en lugar de sopesar si cenaría pipas de girasol o de calabaza, por aquello de que no me sobre mes a fin de sueldo). En fin, que decidí que la cruel coyuntura podrá evitar que siga viviendo cual aprendiz de Carmen Lomana, pero jamás pondrá coto a mi imaginación ni corsés a mis recuerdos. Vámonos todos a Nueva York de la mano de Dorita, que convirtió mi taitanta visita a la gran metrópolis en la más divertida e inolvidable de todas ellas... thanks, mum!
Cruzar el charco así a pelo, en un vuelo de Iberia y sin analgesia, no lo hace una madre cualquiera. La mía en particular, no. Así que, previsora donde las hubiere, le sacó a su médico de cabecera varias recetas de ansiolíticos y somníferos "por si acaso" (que es lo que decía siempre mi admirada Carmina Ordoñez, entiéndanme). Todo porque se ha empeñado en que tiene miedo a volar: no la crean, ese miedo no existe, a lo único que tiene pánico es a quedarse en tierra. Pero en fin, a ver quién lleva la contraria a una Zapico... no seré yo. Subidita en el avión, y a escondidas de sus supervisoras hijas, se echó al goleto (sospechamos que trasegado con algo de alcohol) un cóctel de lo que creyó más conveniente para evitar un hipotético vahído o éxtasis nervioso, y cayó en letárgico estado durante unas 10.000 millas marinas. Despertose en los aledaños del continente americano y, tras observar el panorama largo rato por la ventanilla, soltó una magnífica perla a viva voz (fuera a ser que el pasaje no se enterase): "el avión hace rato que no se mueve". Llega un momento en la vida en que, imperceptible pero contumazmente, la realidad se revierte y las hijas se convierten en la madre... ¡¡y la madre en las hijas en pleno revival de la adolescencia!!
- Mamá, cállate, por favor... y duerme la mona.
- Que os digo que este avión no se mueve. Que llevo viendo un lago desde hace tiempo.
- ¿Lago? ¿Te referirás acaso al océano Atlántico?
- El avión está colgado en el aire. Tampoco se mueven las nubes.
- Mamá, chitón, por dios. Si el avión no se mueve, ya caeremos en algún momento. A dormir.
Por fortuna, se durmió. El resto del viaje, y gran parte de las 36 horas subsiguientes, convirtiendo su primer día en la Gran Manzana en un tratar de reponerse del Gran Colocón. Ay, lo que hemos de sufrir las hijas... más que Gracita Morales con el señorito. Eso sí, bien que nos compensó el resto de la semana con su peculiar visión sobre Manhattan, que le pegó un revolcón a nuestro cerebro viajero, que creíamos tan curtido y resulta que no nos hemos parado a pensar nunca en los detalles importantes. Porque, gentes viajadas que me leen, y aquellas azuzadas por la mera curiosidad, ¿han encontrado alguna vez en las guías sesudas del Trotamundos o el Lonely Planet tan significativos datos?:
- ¿Qué pasa con los farolillos de papel que adornan Little Italy cuando llueve?
- ¿Dónde esta One Way, que lo señalan en muchas calles?
- ¿Por dónde y cuándo sacude la gente el polvo en los rascacielos?
Estoy en duras negociaciones con El País Aguilar para que dejen que mamá escriba la próxima guía que se publique sobre Nueva York. Será el éxito editorial de la temporada y les saldrá baratito: solamente han de subvencionar otro viaje de mi progenitora a tales lares, para que vea todo aquello que se perdió en la primera visita. ¿Saben por qué? Porque se le olvidó mirar para arriba. Como leen, sí, sí... un despiste lo tiene cualquiera. Y además, ahora ya domina el plano de la ciudad, que se lo ha estudiado al volver como el catecismo en su época. Y sabe decir Madison Aveniú, así, como suena. Ella es mundial y se pone al mundo por montera, si es necesario, que por algo subió solita al Empire State, como King Kong (pero en ascensor y pagando).
En fin, barrunto que el próximo viaje que realicemos será un viaje astral. Que cunda el optimismo aunque el país viaje a ninguna parte. Y, por cierto y por postdata, si no vuelven a saber de mí busquen mis huesos en el sótano de la casa de mi madre (primer indicio) y contrasten su testamento, de donde habré desaparecido hasta en la legítima (segundo indicio).