14 de febrero de 2011

Juanita Reina, filósofa existencial

Definitivamente, ¡odio a mi portero! Y a ustedes, ¿qué? Si han entrado en el blog ha sido únicamente espoleados por la posibilidad de descubrir el eslabón perdido entre la copla patria y la magdalena de Proust...
Resulta que hoy es San Valentín, casposa festividad que no es de mi devoción, al no creer una ya a su edad en santurrones escribanos de tarjetas horteras ni en niñatos gordonzuelos armados con un arco y unas flechas (aquellas del amor, que un día se autoapropió Karina). Sin embargo, sí peca mi alma de cántaro de caer como boba en las garras de los horóscopos, sobre todo de aquellos que me predicen un rutilante futuro, y ayer el de El País nos decía a los 3.455.231 Tauros de España que pronto recibiríamos una agradable sorpresa de índole sentimental. "¡Córcholis!", me dije, "¿cuál de mis variados admiradores secretos será el que dé el gran paso?". Las solteras en la treintena, por si no lo saben, estamos todavía muy pagadas de nosotras mismas y ni el dictamen de un polígrafo nos bajaría de la burra en la que circulamos pensando que si no nos casamos es porque no queremos.
Cuento todo esto para que intuyan las razones por las que hoy me precipité a las 8 en punto de la mañana escaleras abajo, en pijama y con la legaña puesta, hacia la garita donde acomete sus labores diarias ese ser en peligro de extinción en las fincas urbanas de postín llamado portero. Y allí estaba él, con su pachorra habitual, monitorizando el vuelo de una mosca con científica indolencia, ignorante sin duda de la eventual peligrosidad de que a este insecto volátil le diese por inspeccionar el interior de su cavidad bucal.
Amén de esta estampa mañanera, que se repite los 365 días del año, déjenme que les describa mejor a nuestro protagonista. Vamos a llamarle, falsamente, Fulgencio, por aquello de preservar su intimidad y sus referencias para futuros empleos. Hombre de mediana estatura y supuesta similar inteligencia, rondando los treinta y tantos pero totalmente echado a perder (por no ensañarme con la fisiología, diré que piensen en Ronaldo, su sosias en el mundo futbolístico). Continuando con el símil deportivo, añadiré que nuestro Fulgencio tiene por reconocidos iconos de la moda a Luis Aragonés y José Antonio Camacho, pues nunca se le ha visto ataviado con otra prenda que un chandal negro con rayas laterales blancas para el desempeño de sus funciones. Hablando de tales, no son estas como para alertar a los sindicatos: traer desde la verja el correo a las 8 de la mañana, y repartirlo en mano pues carecemos de buzones, y recoger los 3 cubos de basura de la comunidad a las 9 de la noche para acarretarlos a 20 metros de distancia.
En el interim que media entre ambos acometidos, el querido Fulgencio se pasa las horas navegando por internet en el portal, chupando wi-fi gratis de un abogado tontorzuelo del entresuelo izquierda, parloteando sin cesar por su móvil, o bien fumando a la puerta de una boutique elegantísima y carísima que hay a la derecha de nuestro portal. Manejo la teoría de que sus muy monísimas e hiperpijísimas dueñas han acogido a Fulgencio bajo sus alas fantaseando con convertirse en las Cármenes Lomanas sevillanas si son capaces de pulir a semejante joya de la corona. La llevan tibia, pues en un año de roce con las aristócratas de la moda ni siquiera hemos visto desaparecer el pantalón de chándal. Así que, conspiro yo para contra mí, va a ser más bien que les pasa botox y Prozac de contrabando y por eso pelan la pava fumeteando con el portero-camello.
Este individuo, mi señor portero, me ha fallado estrepitosamente en varias ocasiones, como cuando pasó 15 días sin verme entrar o salir del portal y no se dignó a llevarme a casa un paquete postal que me había llegado, "porque pesaba"... ¡¡eran 4 libros!! Le perdoné con resignada caridad cristiana, achacándolo todo a un ataque de pánico, pues seguramente nunca había visto tantos ejemplares de lectura juntos. Eso sí, como venganza en Navidad le dejé como aguinaldo una lata de fabada Litoral caducada, que una cosa es ser cristiana y otra muy distinta ser gilipollas. A lo que iba, que nunca traición mayor recibí de Fulgencio que la de hace unos minutos cuando, inquiriéndole por el paradero de las varias docenas de cartas que debía recibir esta menda hoy, me hizo un gesto cansino hacia la verja que cierra el pasaje comercial donde vivimos y vi una pila de correo bajo un chorrón de agua de esa que solo cae en Sevilla y a los pies del Niágara. Hasta los modales perdí, yo que siempre le había tratado con deferencia y de usted, copiando los usos y costumbres para con la servidumbre inculcados por las series de la BBC. Lindeza arriba o abajo, le espeté:
- Pero, ¡¡pedazo de cenutrio!! ¿Qué haces aquí como un pasmarote en vez de ir a recoger el correo? Levanta ese culo gordo de ahí o te llevo a fregonazos hasta el Puente de Triana y allí te tiro al río, donde seguramente flotarás hasta Sanlúcar debido al éter de tu cerebro...
- Es que me mojo.
Aplastante argumento. Nos ha jodido el Sócrates de la portería con sus argucias retóricas. Así que una a callarse y a correr bajo la lluvia y espiar su nombre entre los sobres. ¡Había uno remitido por "Tu secreto Valentín" para mí! Retorné al portal y a mi compostura de ascendencia británica, y esperé por el ascensor con toda la dignidad de la que se puede hacer gala en semejantes circunstancias. Llegué a oír un clic como de foto de móvil y una risilla apagada, así que mucho me temo que apareceré en breve en Facebook en algún ránking de Miss Vecina en Pijama Mojada (espero que en una posición honorable).
Abrí con excitante incertidumbre mi carta de anónimo enamorado y leí un Querida Patricia cuyo misterio me retrotrajo a años más tempranos de esta edad del pavo que todavía no he abandonado... bla bla... aprovecho... bla bla... día tan especial... bla bla... momentos mágicos... bla bla... en cualquiera de nuestros centros comerciales... ¿¿¿bla bla???... ¡¡Caca de la vaca a toneladas para El Corte Inglés, que me felicita la onomástica aprovechando para decirme que mi tarjeta está caducada!!
Prietas las filas y que nadie huya (todavía). Mi desilusión sanvalentinesca solo tiene una salida, descartando por inapropiada la posibilidad de acosar a Cayetano Rivera para que se me declare en menos de 24 horas. Volveré por mis fueros, la defensa a ultranza de mi soltería, ese estado de beatífica tranquilidad natural que se ve alterado en temporadas aciagas por la aparición de pretendientes (en ocasiones devenidos en novios) que se toman su tiempo en darse cuenta de que conmigo no hay ná que hacer. Admitámoslo, soy un caso perdido, pero por fortuna no la única. 
Y aquí al fin es donde entra la gran Juanita Reina, con cuya genial y visionaria contribución musical a la moda de ser single les dejo: compuesta, mojada... y sin novio, mientras me pueda librar de tal cruz. Ah, por cierto, San Valentín... ¡que te zurzan un poquito, anda!


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6 de enero de 2011

Reyes... ¿Magos?

A esos señores de Oriente les voy a escribir una carta de reclamación que se van a agarrar el refajo hasta que les dé un ataque de artrosis propio de su milenaria edad. Este año, por aquello de la crisis, he sido modesta en mis peticiones y lo único que me esmeré en escribir con perfecta caligrafía fue: "Queridos Reyes Magos: este año he sido buenísima, así que me merezco estar ídem. Hagan el favor de ponerme en la zapatilla que compré en los chinos  y se me agujereó el primer día la altura de Elle McPherson, la cintura de Shakira, las tetas (versión post-beso mundial con Casillas) de la Carbonero, los morritos de Angelina Jolie y el fondo de armario de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York". ¿Y qué creen ustedes que me encuentro esta mañana? Rien de rien, niente, ná de ná de lo que pedí. Y lo que es peor, ¡un post-it  de sus mismísimas Majestades agradeciéndome la sesión de risoterapia gratuita! Anda y que les ondulen con la permané. Molaba más cuando una creía que los reyes eran los padres, al menos te dejaban una docena de bragas de algodón y un tebeo de los Zipi y Zape...
Claro que esto me ocurre por afrontar la fiesta con mal pie, diría incluso con malos "pieses", los que me llevaron a contemplar la Cabalgata oficial sevillana, en lugar de quedarme en casita viendo por TeleCuenca la de Poveda de la Obispalia (existe, sí, como Teruel, así que no abandonen ustedes mi relato para comprobarlo en el atlas de cuando hicieron la Primera Comunión). Mejor destino me hubiera deparado el quedarme quietecita en el sofá.
Les contaré que Sevilla tiene una tradición especial, amén del color, y aquí no salen de señores magos en la procesión unos cualquiera... faltaría más, en tierra de señoritos. En cualquier capital de provincia que se precie, el rey Gaspar no pasa de ser el primo segundo del chófer del alcalde, que fue hippie en la transición y no hay que pagarle la barba postiza. Pues aquí no, aquí hay tiros entre la bonhomía hispalense para echarse encima un manto de armiño más falso que un Fendi del rastro y desfilar entre la multitud. Este año le tocó lucir modelito tal a uno de los vástagos de mi querida Duquesa de Alba, al mismísimo Cayetano, a quien no se le ocurrió mejor cosa que elegir como paje a su ex-cuñado, ese señor tan amante de los cuernos (dentro y fuera de la plaza), llamado Fran Rivera. Se pueden imaginar los cuatro gatos que me leen el arrebato que semejante cortejo causó entre las féminas sevillanas y las muchas guiris que estamos de paso por acá. Habíame pasado yo invocando a Herodes la primera media hora de espera, rodeaba como estaba de infantes hiperglucémicos, en un asonante coro de agudos digno de protocolaria matanza de gatos en el callejón trasero de un restaurante chino. Mas hete aquí que todos ellos se me antojaron súbitamente una manifestación de angelitos en comparación con lo que hube de sufrir cuando la carroza que portaba al rey Gaspar y su cohorte de acompañantes dobló la esquina de O'Donnell para enfilar hacia la plaza del Duque: cegada quedé por miles de flashes, ensordecida por el atronador clamor de las hormonas disparadas, pisoteada por todo tipo de tacones, magullada a codazos y empellones varios y, en fin, anonadada por el éxtasis colectivo desencadenado por la aparición de este par de pimpollos casaderos que, como dirían en mi pueblo, ¡nunca la vieron más gorda!
Huelga decir que la que suscribe jugó la baza de la indiferencia, aunque solo fuese por coquetear con la idea de tener por suegra a la novia del funcionario Díez o a la difunta y "desahogá" Carmina. Al parecer funcionó, pues Su Graciosa (y poco certera en el tiro) Majestad dióse en arrojar a mi desdeñosa faz un buen puñado de caramelos, acertando de pleno con uno de sabor a piña colada en mi región ocular izquierda. De resultas de tan impetuosa declaración de amorosas intenciones luzco hoy una virulé muy à la mode, que habré de adornar con parche pirata en jornadas venideras por ahorrarle al conde de Salvatierra mala prensa. Aunque, ¿quién sabe?, siempre me quedará la tentación de sucumbir a ser estrella invitada de Jorge Javier y sus cotilleantes compinches, por ver si saco algún rédito de la diana que hizo el interfecto en mi ojuelo.
Para el año que viene me apunto a viajar a Laponia a ver a ese otro señor barrigón y barbudo,  disfrazado de anuncio de Coca-Cola, a ver si no está tan afectado de demencia senil y me hace más caso que estos otros tres de por Abu Dhabi o aledaños. Que una lleva todavía a la niña que fue muy dentro (y muy fuera, según convenga) y no se resigna a dejar de creer en la magia... y para probarlo me voy a zampar ahora mismo para desayunar medio roscón de reyes y no engordaré ni un gramo.
¡Feliz Año a todos! Ah, y guarden ustedes las ingentes cantidades de carbón que sin duda recibirán hoy, que les va a hacer falta para calentarse, visto como se las gastan -y nos las hacen gastar- Endesa y afines.