No sé a Fray Luis, pero a mí a partir de cumplir los 25 (hará dos años o así), no sé qué me ha ocurrido que se me pasa el tiempo y ni me entero: siete largos meses llevaba alejada de estas páginas. Lamento la ausencia, que sin duda les habrá sumido en una insondable depresión o propulsado hacia esa caja boba donde las más rabaneras del barrio llegan a princesas del pueblo. Ah, ¿que no? ¿que ni siquiera se habían enterado? Y una pensando que era el centro de su universo lector...
En fin, por toda excusa les diré que mi transtorno de déficit de atención, nunca diagnosticado pero tan real como la Hormiga Atómica, causó en mí una pérdida de interés tan inexplicable como súbita en la otrora abundante fuente de historias para este blog que era Sevilla. Dándole calabazas a la bella Hispalis, me quedé sin inspiración y, dados los escasos recursos que poseo en la Caja de Ahorros y Pensiones de Barcelona, sin presupuesto para que un negro redactor continuase con mis labores.
Así pues, tras muchos meses deambulando a 45 grados a la sombra por esta ciudad sin que musa alguna tuviera la decencia de abalanzarse sobre mí, llegó un día en que sentí un alegre cosquilleo cerebral y despertaron en mí de nuevo las ganas de atormentar al personal con mis desbarres mentales... esto... relatos literarios. Eso sí, las orillas del Guadalquivir ya no arrebolaban en mi esqueleto astur más pasiones que las de sumergir la neurona licuada en ellas con objeto de refrescar las escasas ideas que no perecieron durante el infierno estival.
Y es que una hace gala de una natural inclinación a los cambios drásticos de gustos y/u opinión... no por chaquetera, faltaría más, sino por velozmente evolutiva. O sea, que La Gazeta de Triana la mandé a freír pescaíto a Sanlúcar y tropecé con el dilema de elegir un nuevo título. Y hete aquí que gracias al folklore patrio no había de faltarme dónde pescar algo ajeno para hacerlo (im)propio: ¿quién de entre ustedes, que se precie de alto nivel intelectual, no venera la memoria de ese incombustible glosador de la copla española que fue Lauren Postigo? Pues eso digo yo, que es imposible no postrarse a sus pinreles (si se vieran o atisbasen bajo los ídems de sus míticas patas-elefante). Tan ilustre personaje desató en innumerables ocasiones su verborrea, pero nunca con más atino que la noche ebria en la que sentenció: "España no termina donde empieza el mar: hay barcas pa seguir"... ¡Cuán abismal filosofía en tan sencillas palabras!
Ea, pensé para contra mí, cada vez que explore los pluses ultras del Estado español, contaré mis peripecias en un renovado blog. No lo hago con ninguna altruista misión de entretenerles, sino por ver si un cazatalentos del Lonely Planet me contrata vitaliciamente para trotar de puntillas por el globo terráqueo. Que nunca se sabe qué ojos se posarán sobre estas líneas, y una abandonó los sueños de grandeza el día que apareció Letizia en la Almudena del brazo de mi ex-garante-de-no-hincarla-hasta-el-jubileo. Me apunté a Iberia Plus y comencé a dormirme contando millas aéreas...
El primer viaje en el que me he visto involucrada allende la punta de Tarifa has sido una Operación Paso del Estrecho con ocasión del taitantos cumpleaños de chère maman. Las tres damiselas Zapico se sumergieron por unos días en los usos y costumbres marroquíes, teniendo como base la encantadora Marrakech. Ávidas lectoras de publicaciones sesudas, sabíamos desde hacía décadas que en esta ciudad íbamos a estar "di-vi-na-men-te" a menos que meneásemos de un lado a otro las melenas cual "desahogás" (para mayores referencias acudir a hemerotecas y buscar a Carmina Ordoñéz, QEPD). Dispuestísimas a sumergirnos en la cultura nativa, reservamos alojamiento en un riad dentro de la medina, al que un taxista nos llevó felizmente tras sortear 3 millones de motos, 456.003 mujeres con cestas, 34.215 gatos y un turista coreano. Tocamos la campanilla de la puerta y un apuesto mozo árabe nos recibe amabilísimamente y nos hace pasar a un patio que, para mi furiosa imaginación, era una versión en pequeñito del estribillo "ay qué peligro tiene Hassan en los jardines de palacio". Acabose aquí el peligro y la pasión turca de mi acelerado magín: el dueño respondía al nombre de Howard, era más inglés que los sándwiches de pepino, de la especie evolutiva Homus Amapolis Lilensis. Me vi forzada a borrar mentalmente "formar parte de un harem" de mi lista de Cosas que hacer antes de cumplir los 40... Por todo exoticismo con que salpimentar el recibimiento, diré que portaba un pequinés bajo su brazo que respondía al nombre de Kiko. Al parecer, la familia del chucho en cuestión es oriunda de la Costa del Sol, marbellí para más señas. Fíjense ustedes lo que avanzan las adopciones internacionales.
En fin, descartado el sabor puramente nativo del alojamiento, nos echamos a la calle para recorrer la ciudad. Esta nos deparó mil y un sorpresas agradables, que podrán leer ustedes en cualquier guía turística, así que como a mí todavía no me pagan por ello les ahorraré detalles triviales. Sí les aconsejo que atiendan a ciertas singularidades del modus operandi local, para quedar como Willyfogges expertos ante sus amigos, familias, y acompañantes varios si en alguna ocasión viajan a aquestos lares:
- El arte del regateo. Fundamental. Confieso mi total inhibición a la hora de participar en tal modalidad mercantil. Mi única experiencia en este campo tuvo lugar un día que entré en Carolina Herrera a preguntar por un bolso, me dijeron que 580 euros e, incapaz de frenar mi descrédito, solté: "Será broma, ¿no?". La cara de apio de la dependienta me dio a entender que no lo era y, que por ende, no estaba dispuesta a entrar al trapo del regateo. Un consejo muy sabio doy: llévense ustedes a una madre consigo y triunfarán en el zoco. ¿O es que acaso conocen a otro ser de la era consumista que entre en una tienda y sea capaz de decir a viva voz, para bochorno adolescente de sus hijas de treinta y tantos: "¿50 euros por este trapo? Cosa más fea en la vida la vi"... Acuérdense de lo que les digo, no habrá mercader marroquí capaz de resistirse a la hechicería regateante de una madre española educada en los rigores del franquismo. Si alguno de los que me lee resulta descendiente de una generación posterior, alquilo a la mía por un módico precio.
- Contraten un guía nativo y abandonen la ciudad. Les dirán en el hotel que les recogerá un "grand taxi" y que, para más lujoso inri, es de una prestigiosa marca alemana con nombre de mujer: no se hagan ilusiones. El más nuevo de tales vehículos pasó la primera ITV el día que mi querida Cayetana de Alba hizo la Primera Comunión. Eso sí, para quedar bien luego a la vuelta, según sean los círculos que frecuenten, bastará con decir que se pasearon en un Mercedes vintage... En fin, yo recomiendo mismamente visitar los pueblos bereberes del Atlas. Toda una lección cultural el avanzar por sus carreteras (sin asfalto), cruzarse con sus medios de transporte (burros), o adentrarse en un mercado típico donde se venden zapatos de segundo o cuarto pie, chilabas al peso, u ollas exprés de cuando Arguiñano cocinó sus primeros garbanzos. Donde muchos hacen cola para que un curandero en una covacha les recete cataplasmas (¡y nos quejamos de la Seguridad Social!) y los hombres, sí, los hombres, se afanan en máquinas Singer del año de la remolacha para remendar o confeccionar todo tipo de atavíos.
Abandono aquí el curso de mis relatos, no se me vayan a indigestar a la primera tras mi estelar retorno al mundo de las letras. Un favor sí que les pediría: si alguien hace caso de mis sugerencias y llega algún día al pueblecito de Tnine Ourika, que pregunten por Mohamed el que cambió tres alfombras de 4x5 metros, dos teteras de plata, una piel de cordero, y un gorro de lana bereber por una esposa española. Saluden a mi hermana de mi parte, y díganle que espero que haya aprendido la lección de que no es conveniente cabrear a una madre regateadora en tierra infiel...