17 de enero de 2010

Sevilla... ¿o Siberia?

Érase una vez un imbécil integral al que se le ocurrió acuñar esta linda frasecita: "La lluvia en Sevilla es pura maravilla". ¡Y una mierda! Se nota que al cursi en cuestión no le tocó pasar una temporadita como estas últimas semanas en la capital del Guadalquivir, ese río que no se sabe si atraviesa la ciudad o cae en todo su caudal sobre ella...

Tiene una que ponerse bíblica para acertar a describir su húmeda existencia en lo postrer. A ver qué tal me sale: Y fueron rotas todas las fuentes, y las cataratas del cielo se abrieron, y hubo lluvia sobre los hispalenses durante 40 días y 40 noches... Vale, igual he exagerado un poquito en la cifra (tó se pega y ya se sabe que los nativos de por acá tienen cierta tendencia a contar de diez en diez en vez de uno en uno), pero no en el calibre. Lo que yo he vivido ha sido un remake del Diluvio Universal, a mí no me convence nadie de lo contrario. Y ahora yo me pregunto: ¿quiénes han pecado tanto para que se nos castigue así? Y sobre todo, capullos, ¿por qué no me habéis avisado para unirme a la agnóstica y desenfrenada herejía?

Por vuestra culpa me ha salido un sarpullido en la palma de la mano de tanto llevar el paraguas pegado, y que esto lo tenga que decir una asturiana manda bemoles... Además, lo del paragüeto como adminículo con el que los aborígenes de esta villa están poco familiarizados tiene su miga, y más en plenas rebajas. Calles estrechas más gentes que han crecido en la ignorancia del orbayu y los chaparrones norteños y que parecen desconocer la manejabilidad arriba-abajo-a-un-lado-al-otro del complemento en cuestión, igual a mi ojo izquiedo colgando del perímetro inmenso de la sombrilla anti-lluvia con la que me dejó tuerta una señora de mediana edad y similar inteligencia, que aún así tuvo a bien decirme: "Mira por donde vá, mi arma, que me vá a desgraciá er paragua nuevo... si é que ehta juventú ya no tiene educasió" [discúlpenme los que dominan el acento por mi transcripción fonética, pero había que darle colorido al relato].

En fin, al menos he encontrado la excusa perfecta para proseguir con mi sevillización, como parte del experimento antropológico en que estoy inmersa aprovechando mi estancia en estos lares. Hora iba siendo de que incorporase los lunares de colores a mi vestimenta y no sabía por dónde empezar (excepción hecha de un par de bragas que parecen sacadas de un retal de la camisa de Camarón). Ni corta ni perezosa adquirí unas modernas katiuskas rojas con lunares blancos, ea, y con ellas pude vadear durante días los canales en que se habían convertido las calles del centro. Pues sí, pues sí, gracias a una excelente idea de la corporación municipal (a saber, no dedicar ni un miserable euro a contar con un sistema de alcantarillado y desagüe decente) esto era como Venecia pero sin gondoleros que te cantasen el "Oh, sole mío" mientras te transportaban a la vera de la Giralda.

Y lo máximo de lo replús llegó cuando las temperaturas cayeron al borde de los 0 grados (o sea, ni frío ni calor). A pesar de los meses transcurridos desde que aterricé acá, una se resiste todavía a desenchufar el chip cantábrico que le dice que es im-po-si-ble que en Sevilla se pase frío. Y claro, algo oscuramente subconsciente le impide a esa misma una encender la calefacción, acumular mantas sobre la cama, o comprarse un pijamita de franela de cuadros de leñador (sí, de esos que venden en la sección anti-libido de Women's Secret). Total, que la idiota de la una en cuestión se ha quedado como un maldito pingüino días y días aguantando el frío siberiano... digo sevillano. Hasta que otro de los iconos que me inspiran para obtener la doble nacionalidad asturandaluza (el primero sigue siendo, y siempre será, mi querida Duquesa de Alba, que a nadie le entren dudas) cantó un día en la radio aquello del marinero de luces y, con éstas mismas, me iluminó hacia el modelo perfecto para estar en casa a la intemperie y calentita. Y además arreglá pero informal: un chándal de terciopelo fucsia. Embutida en él termino de escribir estas líneas, imagen con la que os dejo para que torturéis la imaginación.
¡Hasta la primavera, que espero llegue a principios de febrero!

Pd- Always look at the bright side of life: la lluvia ha anegado las ganas cantarinas de mi amigo el gitano, y hace dos semanas que no sufro sus armoniosos trinos. Claro que también le impide a la sorda como una tapia de mi vecina ir a misa a la Encarnación, y estoy poseída por el espíritu de Rouco Varela cuya voz atravesó esta mañana las paredes de mi habitación. Menudo despertar: tuve que contraatacar poniendo a Marilyn Manson a todo volumen.

1 de enero de 2010

Strauss vs. Escobar

Se supone que yo tendría que estar hoy comenzando este blog con unas breves e inmodestas líneas en las que presumiría de ser la Belén Esteban asturiana... No temáis, no se trata de que me haya adentrado en el nuevo año dejando atrás cuarto y mitad de mi apéndice nasal, o trocando mi escote castellano por otro más digno de la cordillera cantábrica. Es que a dos compis y a mí nos tocó ayer dar las uvas (subtituladas), haciéndole pues la competencia a la Esteban, ¿me entiendes? Con esto tendría licencia, digo yo, para fanfarronear un poquito ante vuestras lectoras narices de haber dado las campanadas, ¿no?... Aunque bien es cierto que lo que yo he buscado toda mi treintañera existencia es más bien la singularidad de dicha expresión, uséase: dar la campanada. ¿Cómo? Ah, ya se verá si los hados me son propicios.

En fin, a lo que iba es que esta mañana del 1 de enero yo tendría que estar henchida de dicha por el importante momento vivido ayer noche, en el que fuimos capaces de comernos las uvas al son del reloj de la catedral de Santiago y a la par realizar estupendísimamente nuestro trabajo (abuelas del mundo, ya véis que no os necesitamos para cantar nuestras indiscutibles virtudes). Y el caso es que así me levanté, con una feliz sonrisa como atuendo, y alrededor de las 11 encendí la tele dispuesta a disfrutar, como manda la tradición, del Concierto de Año Nuevo vienés. Fuera luce el sol así que, antes de arrellanarme en el sofá, procedo a abrir las ventanas para ventilar casa e ideas y comenzar serenamente el 2010... Suenan ya los primeros compases de la obertura de Die Fledermaus y entrecierro los ojos meciéndome en las notas de Strauss y creyéndome Sissi inaugurando un baile en la corte imperial (¿qué pasa? ¡para eso se inventaron las fantasías!)... Ascendía ya, incauta de mí, una imaginaria escalera hacia el nirvana musical cuando de repente metí el pie en una madera podrida que hizo que mi coxis se hiciese añicos del culazo metafórico que me pegué.

[PAUSA DRAMÁTICA]

[Acotación de la guionista: "se adentran notas sibilinas de un organillo electrónico por la ventana"]

Que vivan los cuatro puntos cardinales de mi España, que vivan los cuatro juntos, que forman nuestra bandera y el escudo de mi España...
A la de ya de por sí aberrante letra de la cancioncilla, que tiene más bemoles de los deseables, debe de añadírsele el hecho de que el hombre que la perpetra tiene enredado en sus cuerdas vocales el espíritu de una gaviota a la que le están dando descargas de alto voltaje en los genitales (si las gaviotas usan de eso, que lo ignoro... habría que preguntarle a Rajoy). Por no añadir que se trata de un crimen lírico reiterativo y alevoso donde los haya que llevo sufriendo todos los domingos y fiestas de guardar desde que me mudé al centro. Y lo de reiterativo no es sólo porque el individuo organillizado abuse del desafine con una impertérrita constancia que haría salir huyendo a una panda de torturadores chinos en visita cultural, sino porque su repertorio programático no pasa de media docena de éxitos casposos de Manolo Escobar que periclitan infinitamente de 10 a 14 horas. Vamos, que estoy hasta la mismísima peineta que no me pongo nunca de aguantar al interfecto y lo de hoy ha sido la gota que colma el vaso de mi (¿infinita?) paciencia. O las autoridades competentes le retiran la licencia para mendigar por las calles de la ciudad y le consiguen una audición con los del "Factor X" por el desagravio, o la próxima vez que escuche el tronío de Viva el vino y las mujeres subo a la terraza y le lanzo un conveniente proyectil casero al occipicio que le ponga a criar malvas en la confluencia de las calles Rioja con Sierpes. Se me ocurre un tupperware con fabada congelada como posible arma arrojadiza... di tú que eso quizás cerraría el círculo de sospechosos para las mentes detectivescas de la policía local (aquellas mismas que me preguntaron cuántas ruedas tenía mi bici robada).

Y con tan gitanicidas intenciones he despertado yo a una década nueva, por lo que los que sabéis leer entre líneas confío en que oigáis mis desesperadas señales de auxilio y viajéis lo antes posible a Sevilla con aviesas maquinaciones en la mente y cianuro en el bolsillo. Entretanto, y con la única intención de eludir la prisión preventiva y la definitiva que me llevaría a Alhaurín junto a Julián Muñoz, os confieso mi propósito para los próximos 365 días: echarme un novio percusionista y miope que confunda su timbal con el cráneo de mi torturador de tímpanos (y practique la Fantástica de Berlioz sobre él hasta que le extermine el repertorio de manoloescobaradas de la memoria).

¡Muy feliz 2010 para todos y que nos encontremos una venturosa nueva década por delante!