6 de diciembre de 2010

Antropología aeroportuaria

He de comenzar dando las gracias a los señores controladores aéreos de este país, que con su alegre idea de enhuelgarse estos días pasados, me han dado la oportunidad de recolectar infinitas imágenes del gentío que pulula por esa jungla interplanetaria que gestiona de mala manera Aena. Esto me ha llevado a una profunda reflexión sobre las muchas especies evolutivas que encuentra el viajero observador por los aeropuertos españoles, sobre cuyas peculiares características he estado recopilando notas los últimos años. He aquí algunas perlas de sabiduría aeroportuaria que me gustaría compartir con ustedes (o lo que es lo mismo, cuánto se aburre una tirada por los Barajas del mundo).

ESPECIES VIAJERAS PATRIAS: MODUS OPERANDI Y CONTRAINDICACIONES (si las hubiere)
- Cincuentoae quisquillosus. Especie formada por profesionales liberales con un pasado hippie en los 70's hispanos, por lo general del mal llamado género débil y solteras, aunque abunden también las parejas sin descendencia conocida. Habitualmente se mueven en grupos de un número no inferior a 3 ni superior a 6 y llevan viajando al menos tres décadas, sin que esto signifique que en situaciones de estrés no pierdan los nervios como un recién arribado a estas lides. Se caracterizan por pagar bien para que alguien organice sus viajes, peinar con descuido más canas que mechas, y montar un pollo allá donde van por la cuestión más nimia. La primera que los sufre es la azafata de facturación (aunque no será la postrer víctima) porque no se ponen de acuerdo sobre dónde quieren sentarse todos juntos en el avión y encima quien estaba al cargo de los pasaportes se acaba de dar cuenta de que los dejó en el baño sobre la cisterna. Siempre habrá alguno de entre la manada al que no le escueza sacarle los colores a quien intenta ayudar realizando con esmero su trabajo, recordando a sus congéneres de viaje en voz bien alta, para que lo oiga la paciente chica del mostrador, lo que paso la última vez que hicieron escala en Qatar camino de Thailandia, fíjate, que les perdieron las maletas por la ineficacia de siempre, a él o ella en particular el weekend de Louis Vuitton, de los de verdad de la buena. Si la operaria de la compañía aeronáutica tiene algo de callo en estos menesteres, les facturará las maletas a Tombuctú, alegando posteriormente un error informático. 
Nota de interés para los establecimientos hoteleros que acojan a esta especie: resígnense a que les digan que no están nunca las habitaciones suficientemente limpias, las sábanas estiradas, los albornoces suaves, el aire acondicionado regulado, el sistema de aislamiento acústico en perfecto funcionamiento, y el bidé a la distancia adecuada del inodoro... Sonrían y asientan pero nunca, bajo ningún concepto, les lleven la contraria. La autora de estas líneas no se responsabiliza de lo que pudiera ocurrirles, son extremadamente peligrosos si cae una hoja de reclamaciones en sus garras.
- Treinanieris esnobensis. Subespecie que con el paso de los años se verá abocada a convertirse en la anterior, aunque por el momento vivan en el autoengaño de creerse mucho más cosmopolitas, amén de soñar despiertas que conocerán a un extranjero apuesto que las haga matrimoniar de forma exótica. Viajan por costumbre en pequeños grupos y por pocos días, moviéndose como pez en el agua al atravesar las múltiples fronteras de la vieja Europa. Compran todas las guías imaginables antes de emprender ruta, las estudian exhaustivamente, escogen alojamientos pintorescos, se precian de hablar con los nativos casi siempre en su idioma (que por algo estudiaron en colegio de pago), no se pierden un solo museo, aprovechan para aumentar el caudal de su cultura yendo a un concierto sinfónico y posan como modelos del Vogue delante de todos los iconos turísticos que ven por el camino. Durante el viaje, se empeñan, en sus ansias de ampliar horizontes, en probar todo tipo de delicatessen locales, atrevimiento gastronómico que les vale más de un disgusto intestinal. De vez en cuando, les da un ramalazo de bohemia y abandonan el trolley por la mochila de aquel Interrail de cuando tenían veintipocos, y el B&B sibarita por un albergue de juventud con literas de colchones de apenas cinco centímetros de grosor. Les dura poco, y a la vuelta se quejan al osteópata o sanador reiki de cabecera de lo fatal que están de la espalda, de tanto trabajar, qué duda cabe. Si no han visto nunca alguno de estos especímenes, rebusquen entre sus contactos de Facebook: por sus fotos las conocerán.
- Jubilati benidorensis. Extremadamente fáciles de reconocer en un aeropuerto, al tratarse de la manada viajera de más nutrida proporción de miembros. Tienden a seguir ciegamente a un jovenzuelo, o señorita con cola de caballo, con el brazo elevado portando un paraguas o cartulina de brillantes colores, aunque en caso de no haber sido operados de cataratas o de prótesis de cadera por la Seguridad Social es típica la separación del resto de la jauría con un goteo constante e impasible. Se caracterizan por su tendencia a atorar las colas en el control de seguridad y por hacer sonar todas las alarmas posibles, negándose a descolgar de su cuello la cadenita de la Virgen de los Cuarenta Milagros. Estudiosos en profundidad de esta especie han llegado a documentar casos de señoras viudas hipocondríacas que se han metido de cabeza en el escáner del aeropuerto, por ver si les diagnosticaban alguno de sus muchos males de salud. Se recomienda vivamente apartarse de su marcha impasible en caso de estar por delante de ellos en el momento de embarcar, a no ser que a uno le apetezca morir aplastado por varias docenas de pares de zapatos con plantilla antivarices, pues está científicamente comprobado que los pertenecientes a esta especie son incapaces de procesar el hecho de que los asientos asignados en el avión no los va a ocupar nadie que no sean ellos mismos. Especialmente cauto ha de ser el viajero entre los meses de octubre y marzo, que es cuando el Imserso les saca de su letargo jubilar doméstico para mantenerlos en cautividad en hoteles de Benidorm y la costa del sol.
- Hominidus negotium. Curioso elenco de especímenes que, por lo general, se encuentra por los aeropuertos solamente en el género masculino y cuyo hábitat natural más habitual es el puente aéreo Madrid-Barcelona. Pretenden colarse siempre en el mostrador de facturación, alegando que tienen prisa para llegar a una reunión importantísima y quejándose de haber perdido el enlace por culpa de Iberia, que ya no es lo que era, faltaría más. Llaman con cierto tono despectivo "señoritas" a todas las mujeres que les atienden, aunque las interfectas en cuestión sean un papagayo añejo con uniforme de la British Airways, con una cintura más contundente que el Trópico de Cáncer y unos pliegues dérmicos en el cuello dignos del acordeón de María Jesús. Hablan a voces por una Blackberry último modelo desde el minuto en que ponen pie en el aeropuerto hasta el momento en que la azafata más echada para alante de la tripulación les riñe porque el avión está despegando y todos los pasajeros nos estamos enterando de que el índice Nikkei anda por los suelos. Llevan el Financial Times y Economía bajo el brazo, pero no se ha dado aún el caso de que alguien los aviste leyendo tales periódicos en presencia de otros seres vivos. Sienten la imperiosa necesidad de poner el portátil en el regazo a la menor oportunidad para trabajar, pero el científico avispado puede confirmar de un disimulado vistazo su hipótesis de que en realidad están leyendo el Marca online o viendo porno gratis por internet a costa de su empresa. Indeseable y babosamente peligrosos si son ustedes mujeres jóvenes de buen ver y les toca sentarse al lado de ellos: conviene cortar el primer conato de conversación con un "soy lesbiana y estoy enamorada de Karmele Marchante", o la autora de estas líneas no se responsabiliza del acoso al que se verán sometidas por porteadores de trajes de Emidio Tucci que les dirán que son de Hugo Boss.

Hasta aquí la digresión conferenciante de hoy. En próximas entregas, una vez que el Centro Superior de Investigaciones Científicas haya dado el visto bueno a mis nuevas elucubraciones antropológicas, publicaré un compendio detallado de lo concluido tras la concienzuda observación de las siguientes especies:
- Trotamundis ad nauseam.
- Paletus lunamielensis, y sus primos hermanos Paletus solem et plaiae.
- Adolescentis intercambiatus.
- Horteribus nobelis ricus.

20 de noviembre de 2010

Decíamos ayer...

No sé a Fray Luis, pero a mí a partir de cumplir los 25 (hará dos años o así), no sé qué me ha ocurrido que se me pasa el tiempo y ni me entero: siete largos meses llevaba alejada de estas páginas. Lamento la ausencia, que sin duda les habrá sumido en una insondable depresión o propulsado hacia esa caja boba donde las más rabaneras del barrio llegan a princesas del pueblo. Ah, ¿que no? ¿que ni siquiera se habían enterado? Y una pensando que era el centro de su universo lector...
En fin, por toda excusa les diré que mi transtorno de déficit de atención, nunca diagnosticado pero tan real como la Hormiga Atómica, causó en mí una pérdida de interés tan inexplicable como súbita en la otrora abundante fuente de historias para este blog que era Sevilla. Dándole calabazas a la bella Hispalis, me quedé sin inspiración y, dados los escasos recursos que poseo en la Caja de Ahorros y Pensiones de Barcelona, sin presupuesto para que un negro redactor continuase con mis labores.
Así pues, tras muchos meses deambulando a 45 grados a la sombra por esta ciudad sin que musa alguna tuviera la decencia de abalanzarse sobre mí, llegó un día en que sentí un alegre cosquilleo cerebral y despertaron en mí de nuevo las ganas de atormentar al personal con mis desbarres mentales... esto... relatos literarios. Eso sí, las orillas del Guadalquivir ya no arrebolaban en mi esqueleto astur más pasiones que las de sumergir la neurona licuada en ellas con objeto de refrescar las escasas ideas que no perecieron durante el infierno estival.
Y es que una hace gala de una natural inclinación a los cambios drásticos de gustos y/u opinión... no por chaquetera, faltaría más, sino por velozmente evolutiva. O sea, que La Gazeta de Triana la mandé a freír pescaíto a Sanlúcar y tropecé con el dilema de elegir un nuevo título. Y hete aquí que gracias al folklore patrio no había de faltarme dónde pescar algo ajeno para hacerlo (im)propio: ¿quién de entre ustedes, que se precie de alto nivel intelectual, no venera la memoria de ese incombustible glosador de la copla española que fue Lauren Postigo? Pues eso digo yo, que es imposible no postrarse a sus pinreles (si se vieran o atisbasen bajo los ídems de sus míticas patas-elefante). Tan ilustre personaje desató en innumerables ocasiones su verborrea, pero nunca con más atino que la noche ebria en la que sentenció: "España no termina donde empieza el mar: hay barcas pa seguir"... ¡Cuán abismal filosofía en tan sencillas palabras!
Ea, pensé para contra mí, cada vez que explore los pluses ultras del Estado español, contaré mis peripecias en un renovado blog. No lo hago con ninguna altruista misión de entretenerles, sino por ver si un cazatalentos del Lonely Planet me contrata vitaliciamente para trotar de puntillas por el globo terráqueo. Que nunca se sabe qué ojos se posarán sobre estas líneas, y una abandonó los sueños de grandeza el día que apareció Letizia en la Almudena del brazo de mi ex-garante-de-no-hincarla-hasta-el-jubileo. Me apunté a Iberia Plus y comencé a dormirme contando millas aéreas...
El primer viaje en el que me he visto involucrada allende la punta de Tarifa has sido una Operación Paso del Estrecho con ocasión del taitantos cumpleaños de chère maman. Las tres damiselas Zapico se sumergieron por unos días en los usos y costumbres marroquíes, teniendo como base la encantadora Marrakech. Ávidas lectoras de publicaciones sesudas, sabíamos desde hacía décadas que en esta ciudad íbamos a estar "di-vi-na-men-te" a menos que meneásemos de un lado a otro las melenas cual "desahogás" (para mayores referencias acudir a hemerotecas y buscar a Carmina Ordoñéz, QEPD). Dispuestísimas a sumergirnos en la cultura nativa, reservamos alojamiento en un riad dentro de la medina, al que un taxista nos llevó felizmente tras sortear 3 millones de motos, 456.003 mujeres con cestas, 34.215 gatos y un turista coreano. Tocamos la campanilla de la puerta y un apuesto mozo árabe nos recibe amabilísimamente y nos hace pasar a un patio que, para mi furiosa imaginación, era una versión en pequeñito del estribillo "ay qué peligro tiene Hassan en los jardines de palacio". Acabose aquí el peligro y la pasión turca de mi acelerado magín: el dueño respondía al nombre de Howard, era más inglés que los sándwiches de pepino, de la especie evolutiva Homus Amapolis Lilensis. Me vi forzada a borrar mentalmente "formar parte de un harem" de mi lista de Cosas que hacer antes de cumplir los 40... Por todo exoticismo con que salpimentar el recibimiento, diré que portaba un pequinés bajo su brazo que respondía al nombre de Kiko. Al parecer, la familia del chucho en cuestión es oriunda de la Costa del Sol, marbellí para más señas. Fíjense ustedes lo que avanzan las adopciones internacionales.
En fin, descartado el sabor puramente nativo del alojamiento, nos echamos a la calle para recorrer la ciudad. Esta nos deparó mil y un sorpresas agradables, que podrán leer ustedes en cualquier guía turística, así que como a mí todavía no me pagan por ello les ahorraré detalles triviales. Sí les aconsejo que atiendan a ciertas singularidades del modus operandi local, para quedar como Willyfogges expertos ante sus amigos, familias, y acompañantes varios si en alguna ocasión viajan a aquestos lares:
- El arte del regateo. Fundamental. Confieso mi total inhibición a la hora de participar en tal modalidad mercantil. Mi única experiencia en este campo tuvo lugar un día que entré en Carolina Herrera a preguntar por un bolso, me dijeron que 580 euros e, incapaz de frenar mi descrédito, solté: "Será broma, ¿no?". La cara de apio de la dependienta me dio a entender que no lo era y, que por ende, no estaba dispuesta a entrar al trapo del regateo. Un consejo muy sabio doy: llévense ustedes a una madre consigo y triunfarán en el zoco. ¿O es que acaso conocen a otro ser de la era consumista que entre en una tienda y sea capaz de decir a viva voz, para bochorno adolescente de sus hijas de treinta y tantos: "¿50 euros por este trapo? Cosa más fea en la vida la vi"... Acuérdense de lo que les digo, no habrá mercader marroquí capaz de resistirse a la hechicería regateante de una madre española educada en los rigores del franquismo. Si alguno de los que me lee resulta descendiente de una generación posterior, alquilo a la mía por un módico precio.
- Contraten un guía nativo y abandonen la ciudad. Les dirán en el hotel que les recogerá un "grand taxi" y que, para más lujoso inri, es de una prestigiosa marca alemana con nombre de mujer: no se hagan ilusiones. El más nuevo de tales vehículos pasó la primera ITV el día que mi querida Cayetana de Alba hizo la Primera Comunión. Eso sí, para quedar bien luego a la vuelta, según sean los círculos que frecuenten, bastará con decir que se pasearon en un Mercedes vintage... En fin, yo recomiendo mismamente visitar los pueblos bereberes del Atlas. Toda una lección cultural el avanzar por sus carreteras (sin asfalto), cruzarse con sus medios de transporte (burros), o adentrarse en un mercado típico donde se venden zapatos de segundo o cuarto pie, chilabas al peso, u ollas exprés de cuando Arguiñano cocinó sus primeros garbanzos. Donde muchos hacen cola para que un curandero en una covacha les recete cataplasmas (¡y nos quejamos de la Seguridad Social!) y los hombres, sí, los hombres, se afanan en máquinas Singer del año de la remolacha para remendar o confeccionar todo tipo de atavíos.
Abandono aquí el curso de mis relatos, no se me vayan a indigestar a la primera tras mi estelar retorno al mundo de las letras. Un favor sí que les pediría: si alguien hace caso de mis sugerencias y llega algún día al pueblecito de Tnine Ourika, que pregunten por Mohamed el que cambió tres alfombras de 4x5 metros, dos teteras de plata, una piel de cordero, y un gorro de lana bereber por una esposa española. Saluden a mi hermana de mi parte, y díganle que espero que haya aprendido la lección de que no es conveniente cabrear a una madre regateadora en tierra infiel...


4 de marzo de 2010

Ay, quién maneja mi barca...

Ahora entiendo yo a la pobrecilla de la Remedios Amaya, que seguro que con tal de salir de Sevilla en un invierno de similares características al que está sufriendo esta asturiana exiliada al sur, aceptó representar a España en Eurovisión con semejante esperpento de canción y aunque no le diera el presupuesto ni para unos zapatos del todo a cien...

Branquias me están saliendo, aletillas en lugar de brazos, y en breve mis piernas transmutarán en una hermosa cola de sirena... Sí, ¿qué pasa? Ya que voy a ser pisciforme no pensaríais que me iba a quedar en un vulgar bacalao, ¿no? Jarta, jartita estoy de los incontables litros de agua que el cielo vierte sobre nuestras cabezas, cual si de un monzón (sin boda colorista de por medio) se tratase. Pero, ¿en qué manual de uso de la ciudad de Sevilla dice que acá pueda acontecerle a una semejante castigo divino? ¿No se suponía que habría yo de consumirme por abrasión y quedarme más seca que una mojama por estos lares? ¡Una uva pasa soy! Igualica. Y ya asoman los primeros síntomas de un incipiente y prematuro reumatismo en la elegante percha que me sostiene. Tal es la paranoia que me produce el verme rodeada del líquido elemento, que hasta sospechas tengo de poder llegar incluso a romper aguas de un momento a otro.

Así las cosas, al menos que me adapten la ciudad a la meteorología, ¿no? Sin ir más lejos, la Real Maestranza se puede trocar en el acuario municipal, digo yo. Oiganme los próceres hispalenses, que menudo negocio les estoy proponiendo para atraer en masa a las féminas al ruedo: ya puestos a la ensoñación acuática, a mí no me importaría burbujear de lo lindo viendo a Cayetano Ordoñez enfundado en un traje de neopreno dando vueltecillas al albero-piscina subido en un par de miuras con flotadores... Así sí que nos aficionaríamos la Brigitte Bardot y yo a la fiesta nacional. Con mantilla y peineta y tó, si fuese menester. Me se ocurre también, que la Isla de la Cartuja, semi-anegada por el agua, podría convertirse en la isla de Supervivientes y ser dada por un módico precio en alquiler a Telecinco, así mi Escasi no tendría que salir de su querida Sevilla, ni yo necesitaría poner la tele para poder atisbar sus magras carnes sin camiseta. Anda que no iría yo contenta a laborar horas y horas, sentadita bien cerca de la ventana (por si le diera por descolgarse por una liana a postrarse ante mis pinreles con deshonestas intenciones). En fin, y no dejo correr más la imaginación, que luego le salen agujetas.

En otro orden de cosas, asoman ya tímidamente por la lontananza del calendario la Semana Santa y la Feria de Abril, dos acontecimientos para los que el populacho autóctono se prepara a conciencia. Por culpa del primero de ellos, ha ya varias noches aleatorias que permanezco en vela debido al resonar de cornetas y tambores procesionales ensayando bajo mi ventana. Maldita la hora en que fui tan pija de venirme a vivir a la calle Sierpes y no leer la letra pequeña del contrato: "el arrendador se desentiende de los efectos insomnes secundarios que los pasos de vírgenes y cristos a tutiplén causarán a la arrendataria, quien, a su vez, se compromete a no utilizar los aperos propios de la limpieza interior del predio alquilado para arrojar agua y/o aceite hirviendo por las ventanas sobre miembros de hermandades o público fervoroso circundante"... Si ya me lo decía siempre mi abogado: no firmes nada sin leerlo dos veces y consultarme. Esto me está bien empleado por pasar de él y confiar en Legálitas.

En fin, como manda la sabia tradición, cuando una no es capaz de doblegar a su enemigo, ha de ir de la manita con él. Uséase, yo misma, a pesar de no haber cumplido apenas un año como sevillana de adopción, he decidido que ya voy a salir en mi propio paso procesional, que he fundado para la ocasión reclutando capillitas neófitos entre los damnificados por las abundantes precipitaciones que estamos soportando con cristiana resignación. Me he autoinvocado la Costalera Mayor del Cristo Reumático de la Estrecha Katiuska (que sé yo que atrae más seguidores si es una imagen doliente... y no hay mayor sufrimiento que un juanete en el pie y unas manos artríticas). De momento ensayo, arrastrando los pies a razón de un centímetro por minuto, llevando sobre mi cabeza la bandeja del té con una muñeca chochona que me tocara en tiempos remotos en una tómbola sentada encima. Sintonizo la Radio María, en frecuencia milagrera, y entono saetas con más pena que gloria pero con afán entusiasta, sabiendo que un día de estos Santa Aguda del Alegre Desafino se apiadará de mí y me concederá el don musical con el que lamentablemente no he nacido.

Prometo seguir informando de mis progresos como penitente y, ya de paso, añadir unas pintorescas líneas sobre el alborozo y desenfreno con que las féminas sevillanas se han echado a la calle para adquirir sus trajes de flamenca para la Feria... querría haberlo hecho hoy, pero una cadena de 47 estornudos y medio me indican muy poco sutilmente la necesidad de abandonar mis relatos. Como he estado por Cádiz disfrutando de los carnavales este pasado fin de semana, me despido con una coplilla, para que no se diga que esta muchacha no aprende de tó, allá por donde campa...

No me gusta que en Sevilla
toditos los días llueva.
No me gusta ná mojarme
ni cargar con el paraguas,
la gente mira p'arriba
porque quieren ver si para
de una vez la pesadilla.
Los niñatos que conducen
aceleran pa chiscarme,
me rebelo y me rebelo
y me apego a los portales
pero empapaíta me quedo.
Ay, por dios, hombre del tiempo
que no vengan ya más frentes
que llegue ya el calorcito,
que vuelen lejos las nubes,
queremos un huevo frito.

Nota: cántese la humilde coplilla acompasada con las notas de la más conocida de las minifaldas patrias, aquella que lucía (en su garganta, entiéndaseme, no vayamos a travestirle a estas alturas del No-Do) el incomparable Manolo Escobar.

14 de febrero de 2010

Que le den a San Valentín y a la Disney

Como todos sabéis, en la celebérrima comunidad vecinal llamada Facebook se encuentra una con todo tipo de gentes (y hasta alguna persona) agrupadas en torno a las más peregrinas ideas y, dado que no hay que abonar cuota de entrada ni sufrir perturbante ritual alguno para ingresar en tales sectas virtuales, se une una con alegre disposición tribal a clubes de internaútas tan selectos como variopintos. Uno de los últimos en los que la que perpetra estas líneas ha ingresado como numeraria de pleno derecho viene muy al pelo para tal día como hoy. Su título es: -¿Aún sin novio? -Sí, y tú, ¿aún no te has muerto?...

Enternecedor diálogo que todas las que tenemos pueblo a donde ir en vacaciones y fiestas de guardar hemos ensayado hasta la exasperación con las viejas del lugar. Lo que a los 15 años te parecía una pregunta inocente por parte de una abuelilla encantadora, al llegar a los 35 te resulta una patada dialéctica directa al bazo por parte de la doble de la madre de Norman Bates quien, para más inri, a pesar de la extirpación de vesícula, el triple by-pass coronario, la prótesis de titanio en la cadera y los lingotazos de coñac jugando al chinchón con las amigas, sigue vivita y coleando 20 años después. Y con más mala leche que nunca, la muy viuda beata con verruga en la nariz y halitosis crónica. Muchas me entenderéis cuando describo la frustración que se instala en el subconsciente de una al no poder espetarle la frasecita indagando sobre la fecha de su óbito -que se desea prematuro- sino tener que tragar saliva, sonreir, y contestar amablemente: "No, señora, no, no ha habido suerte". Ella te mira cándida y te agarra un moflete con su mano huesuda y, una vez que te tiene así sujeta, sin posibilidad de huída, dispara la bala que guardaba en la recámara: "Ay, qué suerte tiene tu madre, que la vas a poder cuidar de mayor" (versión vieja con aversión a los asilos), o bien "Bueno, bueno, tanto jugabas a la pelota de pequeña que no me extraña" (versión vieja que cree que soy liviana o, lo que es peor, libanesa).

Dardos gerontológicos envenenados a un lado, que no me tire nadie de la lengua y me haga también poner a caldo perejil mientras se caen de un burro a esas compañeras de clase de tus años mozos, que permanecen agazapadas durante media vida tuya y, en la reunión de antiguas alumnas de la promoción 91-92 del COU de antaño, saltan como perras sobre ti para enseñarte el anillo de casadas y preguntarte si tú has corrido la misma (buena, según su parecer) suerte. Apenas te ha dado tiempo a balbucear un "no" que resulte lo suficientemente convincente para sonar a "porque no me ha dado la gana, que pa eso me lavo el pelo con L'Oreal", cuando ya se han dado la vuelta y -sin querer, faltaría más- dejan que oigas como le cotillean a Pitina Pérez y Susi Salgado: "Pobrecita, la Patri Zapico, ¿te puedes creer que no se haya casado? Con lo mona y simpática que es, qué pena me da. Claro, por eso está tan delgada, la muy zorra, por la depresión"...

Llega un momento en que te preguntas porqué al mundo mundial le ha dado por esta exaltación exacerbada del matrimonio y, encima, en los últimos tiempos por la Iglesia, que por ignotas razones que escapan a mi terrenal y solteril comprensión vuelve a estar de moda (¿la gente que se casa no sabe quién es Rouco Varela o qué?). Lo más socorrido sería echarle la culpa al santo cuyos desaguisados amorosos celebramos hoy. O a la Disney, que nos ha hecho creer que somos como Pocahontas: asalvajadas solteras hasta que venga un John Smith al rescate nupcial y encima tengamos que hacerle la cena para darle las gracias. Manda co... lines. Que mucha culpa de todo esto tienen las películas, yo no lo niego, que Jolibú te pone unas expectativas altísimas. Imaginemos, una chica cualquiera de mi edad (es decir, apenas pasados los 25, ejem, ejem), que se haya tragado los grandes éxitos de la comedia romántica desde Cuando Harry encontró a Sally hasta, por poner un límite cronológico, Cuatro bodas y un funeral, ¿qué esperaría antes de decidir que uno en particular era el hombre de su vida? Facilillo: se metería a puta en Hollywood Boulevard para que un canoso atractivo en un Porche se la llevara de compras a Rodeo Drive, luego quedasen en Nueva York en el Empire State pero él no apareciese hasta el último momento, todo porque se le había ocurrido hacer un viaje en el Titanic y hundirse en pleno hielo ártico, mientras ella escribía un diario en Notting Hill y se apuntaba a clases de baile con Patrick Swayze, que la palmaba cortocircuitándose con un torno de alfarero, y entonces en el funeral conocía a un inglés que tartamudeaba y tomaban un té en una cafetería donde ella fingía un orgasmo, sentada en una mesa frente a un portátil donde Tom Hanks le enviaba un e-mail diciéndole que era el Rey del Mundo, lo que la hacía pillar a ella un cabreo de tres pares e irse a Paris a hablar con un enano en el metro, luego teñirse de rubia y comprar un viñedo, emborracharse para olvidar sus desamores, y todo para que al final un tal Mr. Darcy la sacase de la cárcel donde cantaba a Madonna, le pidiera que se casara con él, organizasen una gran boda griega y, cuando el sacerdote le preguntara a ella lo de "¿quieres a este hombre por esposo?", saltase sobre un caballo y se diera a la fuga trotando hacia el horizonte...

En mi limitada imaginación estas son las fruslerías que yo espero de una relación amorosa que pueda mantener mi delicado margen de atención pendiente de que se perpetúe más allá de dos o tres lunas. Ea, queridos, ya ninguno de vosotros volverá a intrigarse sobre las razones de mi soltería. Efectivamente, la diagnosis es: la pobre está mal de la cabeza. Pues sí, pues sí, ¿para qué negarlo? Entre eso y que, como condicionantes mínimos exigibles para la convivencia, impongo: una casa de 600 metros cuadrados (450 de ellos para mí, claro); habitaciones separadas; televisiones separadas; frigoríficos separados; y baños separados (no hay cosa que más altere mis nervios que los lavabos de doble palangana). Eso en cuanto al espacio físico a compartir. Por lo que se refiere al espacio temporal: un novio marino mercante con contrato en una naviera de una ex-república soviética. O sea, en cristiano, alguien que pase al menos 6 meses al año alejado del tranquilo discurrir de mi existencia. Y, en los meses en que habremos de vernos el careto a diario, disfrutar yo solita de 60 días naturales de asuntos propios, sin dar explicaciones ni tener el cargo de enviar mensajes al móvil o escribir en el muro del Facebook. Por lo que se refiere a obligaciones conyugales y/o planificación de la descendencia, la primera parte sencillita: cuando a mí me apetezca, como en cualquier otro matrimonio tradicional al uso. La segunda más simple aún: los niños son tan monísimos... cuando se van por fin a casa de sus padres... En la mía, con un Westie que corretee por el jardín ya he cumplido con toooodo el instinto maternal que el universo ha arrojado sobre mis frágiles hombros.

Intuyo que os estáis carcajeando de mí, pero mejor haríais en dejar la incredulidad de lado y anotar mi maravillosa receta antidivorcio: no casarse nunca. Excepto, eso sí, con una misma, como hizo en un capítulo de una de mis series favoritas mi adorada Carrie Bradshaw. Que no os pille de sorpresa el día que en este blog lance una invitación cibernética a mi boda conmigo misma, oficiada por ejemplo por Mercedes Milá (otra gran pava amante de su misma mismidad). El banquete lo haré en un cortijito por tierras sevillanas, así que id sacando la chequera, que he de recuperar todo el dinero invertido en vuestras bodas, bautizos y comuniones. Que menuda década me habéis hecho pasar de inversiones irrecuperables, a ver qué os creíais, inocentillos, que encima siempre os he hecho ahorrar un cubierto por ir sin media naranja.

Antes de despedirme por hoy, he de confesaros que ese resquicio de Pocahontas que aún queda en mí guardaba la esperanza de que el karma universal me devolviese tantas misas aguantadas estoicamente y Paquitos los Chocolateros bailados lo más honrosamente posible en forma de un Luis o Rafael Medina cualquiera que se postrara de hinojos en plena calle para pedirme matrimoniar. Pero mi esperanza decrece como la tela del tapatetas (que rabos no tiene) de Pocahontas: con lo buena nuera que sería yo para Nati Abascal, que me gusta el gin-fizz tanto como a ella... En fin, que no he recibido hoy postal ni regalo alguno valentinesco que me haga albergar anhelos de alcanzar el duquesado de Feria. Y que me quedo muy feliz, soltera y plebeya.

Y a San Valentín, que le caiga una breva encima y se dé cuenta de que debería largarse a vivir a Chueca, que tanto rosa y tanto corazón dan cierto tufillo ya en ese armario...

17 de enero de 2010

Sevilla... ¿o Siberia?

Érase una vez un imbécil integral al que se le ocurrió acuñar esta linda frasecita: "La lluvia en Sevilla es pura maravilla". ¡Y una mierda! Se nota que al cursi en cuestión no le tocó pasar una temporadita como estas últimas semanas en la capital del Guadalquivir, ese río que no se sabe si atraviesa la ciudad o cae en todo su caudal sobre ella...

Tiene una que ponerse bíblica para acertar a describir su húmeda existencia en lo postrer. A ver qué tal me sale: Y fueron rotas todas las fuentes, y las cataratas del cielo se abrieron, y hubo lluvia sobre los hispalenses durante 40 días y 40 noches... Vale, igual he exagerado un poquito en la cifra (tó se pega y ya se sabe que los nativos de por acá tienen cierta tendencia a contar de diez en diez en vez de uno en uno), pero no en el calibre. Lo que yo he vivido ha sido un remake del Diluvio Universal, a mí no me convence nadie de lo contrario. Y ahora yo me pregunto: ¿quiénes han pecado tanto para que se nos castigue así? Y sobre todo, capullos, ¿por qué no me habéis avisado para unirme a la agnóstica y desenfrenada herejía?

Por vuestra culpa me ha salido un sarpullido en la palma de la mano de tanto llevar el paraguas pegado, y que esto lo tenga que decir una asturiana manda bemoles... Además, lo del paragüeto como adminículo con el que los aborígenes de esta villa están poco familiarizados tiene su miga, y más en plenas rebajas. Calles estrechas más gentes que han crecido en la ignorancia del orbayu y los chaparrones norteños y que parecen desconocer la manejabilidad arriba-abajo-a-un-lado-al-otro del complemento en cuestión, igual a mi ojo izquiedo colgando del perímetro inmenso de la sombrilla anti-lluvia con la que me dejó tuerta una señora de mediana edad y similar inteligencia, que aún así tuvo a bien decirme: "Mira por donde vá, mi arma, que me vá a desgraciá er paragua nuevo... si é que ehta juventú ya no tiene educasió" [discúlpenme los que dominan el acento por mi transcripción fonética, pero había que darle colorido al relato].

En fin, al menos he encontrado la excusa perfecta para proseguir con mi sevillización, como parte del experimento antropológico en que estoy inmersa aprovechando mi estancia en estos lares. Hora iba siendo de que incorporase los lunares de colores a mi vestimenta y no sabía por dónde empezar (excepción hecha de un par de bragas que parecen sacadas de un retal de la camisa de Camarón). Ni corta ni perezosa adquirí unas modernas katiuskas rojas con lunares blancos, ea, y con ellas pude vadear durante días los canales en que se habían convertido las calles del centro. Pues sí, pues sí, gracias a una excelente idea de la corporación municipal (a saber, no dedicar ni un miserable euro a contar con un sistema de alcantarillado y desagüe decente) esto era como Venecia pero sin gondoleros que te cantasen el "Oh, sole mío" mientras te transportaban a la vera de la Giralda.

Y lo máximo de lo replús llegó cuando las temperaturas cayeron al borde de los 0 grados (o sea, ni frío ni calor). A pesar de los meses transcurridos desde que aterricé acá, una se resiste todavía a desenchufar el chip cantábrico que le dice que es im-po-si-ble que en Sevilla se pase frío. Y claro, algo oscuramente subconsciente le impide a esa misma una encender la calefacción, acumular mantas sobre la cama, o comprarse un pijamita de franela de cuadros de leñador (sí, de esos que venden en la sección anti-libido de Women's Secret). Total, que la idiota de la una en cuestión se ha quedado como un maldito pingüino días y días aguantando el frío siberiano... digo sevillano. Hasta que otro de los iconos que me inspiran para obtener la doble nacionalidad asturandaluza (el primero sigue siendo, y siempre será, mi querida Duquesa de Alba, que a nadie le entren dudas) cantó un día en la radio aquello del marinero de luces y, con éstas mismas, me iluminó hacia el modelo perfecto para estar en casa a la intemperie y calentita. Y además arreglá pero informal: un chándal de terciopelo fucsia. Embutida en él termino de escribir estas líneas, imagen con la que os dejo para que torturéis la imaginación.
¡Hasta la primavera, que espero llegue a principios de febrero!

Pd- Always look at the bright side of life: la lluvia ha anegado las ganas cantarinas de mi amigo el gitano, y hace dos semanas que no sufro sus armoniosos trinos. Claro que también le impide a la sorda como una tapia de mi vecina ir a misa a la Encarnación, y estoy poseída por el espíritu de Rouco Varela cuya voz atravesó esta mañana las paredes de mi habitación. Menudo despertar: tuve que contraatacar poniendo a Marilyn Manson a todo volumen.

1 de enero de 2010

Strauss vs. Escobar

Se supone que yo tendría que estar hoy comenzando este blog con unas breves e inmodestas líneas en las que presumiría de ser la Belén Esteban asturiana... No temáis, no se trata de que me haya adentrado en el nuevo año dejando atrás cuarto y mitad de mi apéndice nasal, o trocando mi escote castellano por otro más digno de la cordillera cantábrica. Es que a dos compis y a mí nos tocó ayer dar las uvas (subtituladas), haciéndole pues la competencia a la Esteban, ¿me entiendes? Con esto tendría licencia, digo yo, para fanfarronear un poquito ante vuestras lectoras narices de haber dado las campanadas, ¿no?... Aunque bien es cierto que lo que yo he buscado toda mi treintañera existencia es más bien la singularidad de dicha expresión, uséase: dar la campanada. ¿Cómo? Ah, ya se verá si los hados me son propicios.

En fin, a lo que iba es que esta mañana del 1 de enero yo tendría que estar henchida de dicha por el importante momento vivido ayer noche, en el que fuimos capaces de comernos las uvas al son del reloj de la catedral de Santiago y a la par realizar estupendísimamente nuestro trabajo (abuelas del mundo, ya véis que no os necesitamos para cantar nuestras indiscutibles virtudes). Y el caso es que así me levanté, con una feliz sonrisa como atuendo, y alrededor de las 11 encendí la tele dispuesta a disfrutar, como manda la tradición, del Concierto de Año Nuevo vienés. Fuera luce el sol así que, antes de arrellanarme en el sofá, procedo a abrir las ventanas para ventilar casa e ideas y comenzar serenamente el 2010... Suenan ya los primeros compases de la obertura de Die Fledermaus y entrecierro los ojos meciéndome en las notas de Strauss y creyéndome Sissi inaugurando un baile en la corte imperial (¿qué pasa? ¡para eso se inventaron las fantasías!)... Ascendía ya, incauta de mí, una imaginaria escalera hacia el nirvana musical cuando de repente metí el pie en una madera podrida que hizo que mi coxis se hiciese añicos del culazo metafórico que me pegué.

[PAUSA DRAMÁTICA]

[Acotación de la guionista: "se adentran notas sibilinas de un organillo electrónico por la ventana"]

Que vivan los cuatro puntos cardinales de mi España, que vivan los cuatro juntos, que forman nuestra bandera y el escudo de mi España...
A la de ya de por sí aberrante letra de la cancioncilla, que tiene más bemoles de los deseables, debe de añadírsele el hecho de que el hombre que la perpetra tiene enredado en sus cuerdas vocales el espíritu de una gaviota a la que le están dando descargas de alto voltaje en los genitales (si las gaviotas usan de eso, que lo ignoro... habría que preguntarle a Rajoy). Por no añadir que se trata de un crimen lírico reiterativo y alevoso donde los haya que llevo sufriendo todos los domingos y fiestas de guardar desde que me mudé al centro. Y lo de reiterativo no es sólo porque el individuo organillizado abuse del desafine con una impertérrita constancia que haría salir huyendo a una panda de torturadores chinos en visita cultural, sino porque su repertorio programático no pasa de media docena de éxitos casposos de Manolo Escobar que periclitan infinitamente de 10 a 14 horas. Vamos, que estoy hasta la mismísima peineta que no me pongo nunca de aguantar al interfecto y lo de hoy ha sido la gota que colma el vaso de mi (¿infinita?) paciencia. O las autoridades competentes le retiran la licencia para mendigar por las calles de la ciudad y le consiguen una audición con los del "Factor X" por el desagravio, o la próxima vez que escuche el tronío de Viva el vino y las mujeres subo a la terraza y le lanzo un conveniente proyectil casero al occipicio que le ponga a criar malvas en la confluencia de las calles Rioja con Sierpes. Se me ocurre un tupperware con fabada congelada como posible arma arrojadiza... di tú que eso quizás cerraría el círculo de sospechosos para las mentes detectivescas de la policía local (aquellas mismas que me preguntaron cuántas ruedas tenía mi bici robada).

Y con tan gitanicidas intenciones he despertado yo a una década nueva, por lo que los que sabéis leer entre líneas confío en que oigáis mis desesperadas señales de auxilio y viajéis lo antes posible a Sevilla con aviesas maquinaciones en la mente y cianuro en el bolsillo. Entretanto, y con la única intención de eludir la prisión preventiva y la definitiva que me llevaría a Alhaurín junto a Julián Muñoz, os confieso mi propósito para los próximos 365 días: echarme un novio percusionista y miope que confunda su timbal con el cráneo de mi torturador de tímpanos (y practique la Fantástica de Berlioz sobre él hasta que le extermine el repertorio de manoloescobaradas de la memoria).

¡Muy feliz 2010 para todos y que nos encontremos una venturosa nueva década por delante!