Resúltase que la directora de nuestro curso, antes que traductora fue... Sonsoles Espinosa. No la esposa de ZP en su misma mismidad sino, de profesión, soprano. Abandonó las arias según ella al hacerse vegetariana, perla que soltó sin añadir nada más, así que estoy elaborando una teoría del eslabón perdido entre Violeta Valery y un chuletón a la parrilla. Efectivamente, de momento mis investigaciones no arrojan resultados con pinta de exitosos.
Descubrí también esta semana que mi entrenador en el noble deporte de la subtitulación fílmica periambula por la otra acera, elección que me parece estupendamente acertada y más en un griego (y no voy ahondar en la facilidad del chiste por no insultar la inteligencia propia y ajena), pero que conste que me pilló por sorpresa... ¡a mí!... que hace años decidí que todo el mundo es gay hasta que se demuestre lo contrario. Creedme, se lleva una menos sorpresas que tomándose la vida (sexual) de los demás en viceversa.
Como culmen de una semana tan fructífera en material para una fotonovela, este sábado pasado fuimos unos cuantos alumnos del máster a ver una obra de teatro al Barbican. Tras el solaz cultural de nuestras aplicadas almas de estudiantes, decidimos estrechar los aún frágiles lazos de nuestra incipiente camaradería allegándonos al típico pub de añeja atmósfera, con sus sofás de piel gastada, su moqueta plagada de arcanas manchas, sus taburetes tapizados con las cortinas que tiró Barbara Cartland y sus precios pre-crisis económica (o eso considero yo £4 por una copa de vino perronero medido al milímetro). Misterios de la ingesta de alcohol, la gente que en clase te da gruñendo los buenos días pasa repentinamente a querer confesarte sus más recónditos anhelos vitales. Y una, que es una gran “escuchante”, aprendió mucho en aquel distendido ambiente... Por ejemplo, que la alumna que se presentó el primer día como brasileña habla perfectamente japonés, pues se educó entre ambos países, no conseguí averiguar porqué (NOTA: se ofrece recompensa a quien consiga encontrar la relación entre bailar la samba y ser samurai). Que la chica griega mencionó como quien no quiere la cosa que su marido estaba en el Sáhara corriendo un maratón (NOTA: se ofrece una suculenta segunda recompensa a quien le encuentre la intríngulis a ser tan memo de pasar por el agobio de correr un maratón con el agravante de hacerlo en pleno desierto). Que el novio de una de las francesas, que vino de acompañante, creció en una granja en África, que no era la de Karen Blixen pero casi, y hasta los veinte años no había estado nunca en una ciudad, solamente en la sabana mirando los ñus pasar (NOTA: me ofrezco ser ángel de la guarda para toda la eternidad de quien me haga el hara-kiri sin dolor).
¡Y pensar que me parecía que la hippy postmodernista de alegre pedalear era lo más exótico de la clase! Llegado el turno de ser interrogada informalmente por mi contexto personal no pude evitar aferrarme a una socorrida evasión humorística:
- “Esto, pues yo tengo un primo segundo por parte de madre que hizo la mili en Albacete”...
Ni que decir tiene que nadie, ni siquiera los españoles (y menos el de Albacete, bocazas de mí), pareció pillar la gracia, así que opté por hundirme en el sofá del pub deseando desaparecer como una moneda perdida por entre los asientos. Prometí en ese instante no caer en la tentación de casarme con nadie a no ser que haya nacido más allá de Mieres del Camino y tenga como pasatiempo favorito superar los récords aventureros de Álvaro de Marichalar, como mínimo. Entendedlo los afectados, lo hago por el futuro de mi descendencia, que no se sientan marginados si algún día salen a conocer mundo.
Y es que, como Carrie*, una no puede evitar preguntarse... ¿seré la única en esta ciudad con una familia normal y un pasado aburrido?
* Dícese de Carrie Bradshaw, protagonista de esa biblia televisiva de la mujer cosmopolita contemporánea titulada Sex & the City… por si los neófitos.


