1 de noviembre de 2008

Fantasia epistolar en homenaje a LA AUTORA*

Londres, 1 de noviembre

Querida Cassandra:
Confío en que recibas pronto estas líneas y puedas favorecerme con otra de tus ingeniosas cartas antes de que me mude de domicilio, hecho que tendrá lugar a finales de la próxima semana. La brevedad de mi estancia con Ms. Bennett no ha impedido que la considere con cierto afecto, pues han sido gratas mis semanas en su hogar (soslayando la enojosa presencia de su adorada gata) así que no puedo evitar mirar en derredor ya con nostalgia pensando en despedirme del entorno que se ha convertido en familiar para mí. Aunque sé que te intrigará no recibir en estos momentos una detallada descripción de mi rutilante futuro hospedaje, queda descuidada pues lo haré en cuanto termine la mudanza a mis nuevos aposentos que estoy segura contarán con tu aprobación.

Mis días en esta ciudad transcurren veloces entre multitudes, así que no te extrañará que te confiese echar de menos en ocasiones la tranquila soledad de la vida en el campo y nuestras conversaciones intrascendentes. Pero, querida hermana, sabrás que no siendo de natural quejicoso hago todo lo posible por aprovechar al máximo mi tiempo en la capital. En este sentido, las postreras jornadas están resultando de lo más entretenidas, por lo que pasaré a relatártelas:

Nuestro querido primo A. está pasando aquí unos días, visitando viejos camaradas de la universidad, y ha tenido la amabilidad de requerir mi compañía en sus recorridos por los museos de la ciudad. Así, ayer mismo inspeccionamos el moderno recinto del Museo del Diseño, en la orilla sur del Támesis, donde me deleité en la visión de la porcelana diseñada por la ovetense Patricia Urquiola… oh, querida, ¡la envidia que advertiríamos en los rostros de nuestras amistades de serles servido el té en semejantes juegos! No pude evitar detenerme a escudriñar los intrincados detalles de los prototipos expuestos, suspirando por la imposibilidad de adquirirlos teniendo en cuenta que nuestro padre nos ha dejado en herencia una renta de tan solo £2,000 al año. Pero olvidemos la vulgaridad monetaria, y déjame decirte lo mucho que me recreé en la contemplación de la psicodélica obra gráfica de Alan Aldridge, y sobre todo en la exposición titulada “Ciudades de Diseño” guiada por las doctas explicaciones de nuestro primo más versado en las singularidades de la arquitectura moderna de interiores que una pobre damisela de letras como yo.

Tras adecentar ayer mi otrora lustrosa (y por momentos enfangada) pátina cultural, hoy me vi impulsada a adecuar mi agenda diaria para perseverar en la ilustración de mi mente campesina. Por esta razón, me uní a primera hora de la mañana a un grupo de paseantes que seguían a la dama cuya mera instantánea realza la pobreza literaria de estas líneas. Capitaneados por su delicado bonete, y tutelados por una bien proyectada voz de tiple, transitamos vericuetos londinenses en busca de las señales que una autora antigua de novelas había dejado de sus estancias en la ciudad allá por los albores del siglo XVIII.Mi querida hermana, esto solamente te lo puedo confesar a ti: la vida de esta mujer y su familia se me antojo extrañamente parecida a la nuestra, y de no ser porque vivimos en centurias diferentes y, ciertamente, nuestro padre no es un clérigo empobrecido ni nuestra madre ha alumbrado a ocho criaturas, hubiese llegado a pensar que era objeto de una bufonada… Creo recordar que mencionó su nombre, Jane Austen, y que su última residencia no queda lejos de nuestro Winchester natal, en el pueblo de Chawton. ¿No te resulta curioso? Quizás deberíamos leer alguna de sus novelas, aunque tengo entendido que tratan de trivialidades sociales y de historias románticas sobre damas de impecable virtud, pero escasos recursos, rescatadas de sus vidas anodinas por elegantes caballeros de intachable honor… ¿quién iba a ser tan cándida de creérselo?

Tanta erudición condensada en tan pocas horas me ha hecho plantearme un pequeño viaje más allá de los márgenes de esta ruidosa ciudad. Bien a pesar de que habré de utilizar el poco ventajoso sistema público de transporte del ferrocarril. Oh, querida, que mortificación me provoca la idea de codearme con los excursionistas de todo tipo y condición que aprovechan el descanso dominical para invadir la paz de la campiña. Si hay algo a lo que no acabo de acostumbrarme de la vida en la gran metrópoli es a la laxitud del decoro y el desprecio a las normas de urbanidad otrora imperantes. Parece ser que la moda dicta la misma informalidad en el vestir que en las buenas costumbres, y por darte un ejemplo lacerante aún no me he topado con un joven soltero que me ceda galante su asiento en el metro o me franquee el paso empujando las puertas de las tiendas cuando salgo de compras por Sloane Street. Los hados se están confabulando para que no encuentre a un potencial marido, Cassandra, y mira que de todos es sabido que un hombre joven poseedor de una buena fortuna debe de estar deseoso de encontrar esposa…


Discúlpame por desviarme del curso de mi relato. Lo que quería decirte es que mañana viajaré al sur, a la costera localidad de Portsmouth, a visitar a nuestro entrañable primo O. que como sabes se halla destacado allí con la Armada Real. He recibido una cordial invitación de su parte a unirme a él para el almuerzo, que preparara él mismo (¿entiendes ahora lo que quiero decirte sobre el relajo de la moral? ¡Dónde se había visto antes un oficial de la Armada entre fogones!). No negaré que aguardo con anticipada excitación la posibilidad de entablar amistad con alguno de sus compañeros de armas, pues me he informado bien y todo el regimiento se encuentra en tierra tras varios meses de solitaria navegación. Es muy probable, Cassandra, que si todo transcurre favorablemente te haga llegar noticias por la primera posta que salga hacia Winchester para que acudas a hacer de chaperona, por lo que de esta acariciada posibilidad quedas convenientemente advertida.

He de dejarte por hoy. Espero que todos los nuestros se hallen bien de salud y disfrutando del colorido otoñal en el paisaje de mi añorado Hampshire. Transmítele mis recuerdos a la mujer del vicario y hazle saber que le enviaré tan pronto como pueda la primera edición de los ensayos del Dr. Johnson que tan encarecidamente me encomendó conseguirle.

Afectuosamente tuya,

P.M.Z.

* Que no es la que escribe estas lineas, sino Jane Austen. En tal fecha como hoy, el 1 de noviembre de 1797, el editor londinense Thomas Cadell recibe un manuscrito titulado "Primeras Impresiones" cuya autoria se atribuye simplemente "una dama". Ese mismo dia lo envia de vuelta diciendo que no es material publicable... creo que su fantasma sigue dandose de cabezazos contra una pared en su casa de Mayfair. Aunque no tantos como los de Penguin, que me entere hoy de que habian rechazado en su momento publicar Harry Potter (Petrificus Totalis quedaria el responsable del gambazo).

1 comentario:

Anónimo dijo...

gracias por tu carta, te contestare en cuanto me sea posible.