Con semejante título imaginaréis ya que los tratamientos a los que hago mención serán mentales y estaré pasando yo por ellos. Pues ya veremos según vayamos leyendo... Todo forma parte de un batiburrillo de cosas relevantes en mi azarosa existencia londinense que me gustaría compartir con vosotros.
Como diría Jack (no el de la novia tetona motera, sino el Destripador)... vayamos por partes. La mayoría de vosotros desconoceis el hilarante hecho de que me haya convertido en becaria de ocasión a mi avanzada treintena. Comenzaron mis tribulaciones como doña-nadie laboral hace ya dos semanas en una moderna agencia de traducción audiovisual sita en los aledaños del archifamoso Covent Garden (yo siempre quise emular a Eliza Doolittle y, al menos en ubicación, lo he conseguido... sólo me falta tropezar con un fonetista cantor que vilipendie mi desclasada pronunciación).
A lo que iba, que ni mi simpar inteligencia ni mi vasto bagaje académico-intelectual estaban preparados para pasar por esto. Ya no digo nada de mi descomunal modestia... Las árduas e intrincadas tareas a las que me he visto abocada se ciñen a: fotocopiar, leer, corregir faltas, escuchar lo que otros dicen, cotejar diccionarios, navegar por internet, y hacer recados varios allende la frontera de la oficina. Vamos, que para el fin de semana ya me temo que me darán el manual de la Nespresso para que me lo estudie al dedillo. Esto le pasa a una por meterse a aprendiz a estas edades; ser becaria tiene su momento y su lugar, y si no que se lo pregunten a la señorita Lewinsky. Menos mal que nuestra oficina es rectangular...
En fin, de todo se aprende y en mis ratos de ocio en mi becaría (que son muchos) me entretengo con el espionaje industrial. De aquí me marcho con todo lo necesario para montar yo un chiringuito subtitulador en un periquete, os apuesto las cien libras que me pagan al mes para sufragarme el transporte. Qué inocentillos: he robado una bicicleta y todo son ganancias. Además, no gasto nada en modelitos tipo el-diablo-viste-de-Prada porque resulta que mis jefes, imbuidos de un neohippismo laboral inédito en tierra patria han adoptado una política que prohíbe llevar corbatas a los hombres y tacones a las mujeres. No han dicho nada en viceversa, pero no he observado inclinación alguna al travestismo entre mis colegas... de momento.
Hablando de elegancias en el vestir, pienso en una cola de piel de zorro y salto a mi otro tema a compartir. Mis experiencias zoológicas este año están siendo muchas, el karma me obliga a verme rodeada de animales con cuya compañía jamás soñé solazarme. ¡Resulta que vivo en un barrio infestado de zorros! Varias de las noches de la semana pasada, regresando a casa, me pareció ver en la lejanía un animalejo, demasiado grande para ser un gato y demasiado escuálido para ser un perro, atravesando las calles o el parque sigilosamente. No le di excesiva importancia hasta este sábado cuando, con nocturnidad (por ser las 10:30pm) y alevosía (por saltar de entre un mato de la valla del cementerio de Wandsworth cuyos límites recorro a diario... sí, es toda una maravilla literaria contemplarlo a la luz de la luna envuelta en niebla), un bichejo peludo se quedó frente a mí mirándome fijamente con ojos vidriosos.
¡¡¡Un zorro!!! El procesador de textos no tiene suficientes exclamaciones para expresar el calibre de mi susto. Con su larga cola blanquecina y su hocico puntiagudo. ¿Y qué hace una cuando se topa con un zorro? Os diré los pasos que siguió mi poco armado cerebro para este tipo de emergencias:
- Operación 1: procesa mentalmente su conocimiento sobre esta especie y su posible peligrosidad. Conocimiento cero patatero. Peligrosidad toda la imaginable.
- Operación 2: recurre a escenas similares que ha podido ver en una película.
- Operación 3: recuerda haber oído que si te encuentras a un oso lo mejor para asustarle es actuar como si tú misma fueses un plantígrado.
- Operación 4: pasa dos minutos pensando, ¿y tengo entonces que actuar como si fuera una zorra? Si es así, ¿por qué no ha huído este bicho de mí todavía? ¿Acaso no me huele?
- Operación 5: se olvida, hipócrita y velozmente, de su ateísmo y conjura a todos los santos que se le ocurren, amén de a la Virgen de los Siete Candelabros, para que la libre de morir despedazada. Ya de muerta, piensa, mártir.
- Operación 6: cierra los ojos al ver moverse al zorro en su dirección.
- Operación 7: chilla al tiempo que vuelve a abrirlos para mirar con valentía a su verdugo.
- Operación 8: suspira aliviada y piensa en los extraños ruidos que está haciendo la parte baja de su intestino al ver al zorro desaparecer por donde había venido.
Cuando una llega a casa tras semejante momento-cercano-a-la-muerte (que vi el pasillo y la luz, os lo prometo) lo menos que necesita es que le escupan encima una buena dosis de flema británica: "Ah, caramba, ¿así que has visto un zorro? Hum, hay muchos por aquí, sí. Pareces pálida y temblorosa, ¿querrías un té?". Pues no, no quiero té. Quiero una escopeta, un caballo, una chaqueta roja de terciopelo, una fusta, y apuntarme a un club de campo con Carlos y Camilla de socios de honor y cuyo lema sea "Nos da igual la ley: viva la caza del zorro". Las tradiciones están para mantenerlas, y yo soy una fiel defensora de las actividades en el campo.
Y bien, después de todo lo que os he contado, ¿todavía pensais que las terapias no son necesarias? Me he autorecomendado masajes antiestrés para después del trabajo, y masajes descontracturantes para después de mis cacerías. Lo que aprende una viviendo en el extranjero.
2 comentarios:
No tengo casi nada que decir, excepto: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. Eres la pera limonera.
mi querida y atemporal becaría... ¿y no te has parado ni un segundo a reflexionar sobre el estupor del pobre zorro al ver una coyana en Londres caminando por las lindes de un cementerio caminando como una osa (que es lo único que se te vino a la mente)?
otrosí, ¿cual es el estado de su depilación?... tal vez el pobre zorro vio otro animal de mayor envergadura y más hirsuto que él mismo y huyó atemorizado...
¡la vida es muy complicada!
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